LIONEL (sombrío).—¡Lo habría matado...!

LINE.—¡Habrías hecho mal...! ¡Ya no se estila eso...! Entonces, ayer tuve una inspiración genial... La comida era detestable... Y, ¡ya ves!, fué preciso despedir a mi cocinera Gertrudis...

LIONEL.—Es lástima. ¡Se comía tan bien en tu casa...!

LINE.—Pues en lo sucesivo, amor mío, comerás muy mal. Gertrudis me robaba como un mercachifle, sin disimularlo siquiera; la he sustituído, porque he encontrado a una maritornes de Caen que nos envenena con sus inmundas bazofias. Ayer mismo, Gustavo se puso loco de cólera. «¿De manera que en esta casa no se puede comer como es debido...? Nos dejas envenenar... No hay más remedio que recurrir al restaurante...» etcétera, etcétera. Yo cogí la ocasión por el cabello y le dije: «Tienes mucha razón, amigo mío. Pero la sustituta de Gertrudis está llena de buena voluntad, y si tomamos otra sería tan ignorante o tal vez menos dispuesta que ésta. Conservemos y enseñemos a esta idiota que tenemos. Yo me encargo de convertirla en una cocinera modelo. Pero para ello es preciso que la lleve al curso de Cocina.» Mi esposo reflexionó y pensó: «¡Puedo dejarla bajo la vigilancia de su cocinera! ¡Mi honor está seguro...!» Y me permitió salir con ella. ¡Aquí, donde me ves, vengo del curso de Cocina...!

LIONEL (estupefacto).—¡Pobrecilla querida mía...! ¿Te has impuesto este suplicio...?

LINE.—No es un suplicio. Es, por el contrario, una cosa muy divertida. Figúrate una gran cocina, instalada en un piso bajo de la calle de La Boetie... Unos hornos soberbios; delante de ellos, una amplia mesa con legumbres preparadas, cacerolas, manteca, etcétera. Delante de la mesa, unas sillas, donde están instaladas unas señoras con sus cocineras; hay allí también jóvenes estudiosos con las manos sucias. Entre la mesa y el horno, un gran sacerdote, cubierto con una tortada blanca y rodeado de sus vicarios, tocados igualmente con tortadas. Es el maestro un afamado cocinero... ¡Y hay que ver lo grave y serio que se pone...! ¡No bromea...! ¡Oficia...! A la apertura del curso, hizo su entrada seguido de sus ayudantes; saludó, y, sin decir una sola palabra, comprobó el calor del horno; luego volvióse hacia nosotros y, apoyando las manos en la tribuna, es decir, sobre la mesa, principió: «Señoras y señores: hoy vamos a estudiar «el pollo a la Trevoux». Este plato fué descubierto por el famoso Birochon, en mil setecientos ochenta y dos; esta lumbrera de la Cocina francesa estuvo al servicio del duque de Brunswick...»

LIONEL (que piensa en otra cosa).—¡Es curioso...! Pero, Line, nosotros tenemos que preocuparnos de algo distinto...

LINE.—¡Un instante...! Hasta que acabe mi pastel... ¡Qué impaciente eres....! ¡Por ti fuí yo allá...!

LIONEL (suplicante).—¡Line, por lo que más quieras...! ¡Que se va el tiempo...!

LINE.—No tienes idea de lo que se necesita para fabricar el pollo a la Trevoux... ¡Un montón de cosas...! Coges un pollo, le quitas los huesos...