LIONEL.—¡Bebe ligera...! ¡Si tú tienes sed, yo tengo hambre!

LINE.—Espera un minuto, ¡qué diablo...! ¡Cada cosa en su tiempo...! ¿No me preguntas por qué estoy este día en tu casa...?

LIONEL.—¡No...! Lo importante es que estés en ella...! ¡Haz el favor de beber...!

LINE.—Primero tengo que contarte... ¡Figúrate que mi marido está celoso...!

LIONEL.—¡Me da lo mismo...! ¡Lo mataré...!

LINE.—¡No lo matarás...! No está celoso de ti. Por el contrario, te quiere mucho y dice: «¡El pequeño Lionel es muy agradable, está muy bien educado y no hace la corte a las mujeres casadas...!»

LIONEL (molesto).—Me cree un calabacín, ¿no es eso...?

LINE.—¡A ver si le vas a guardar rencor por eso...! Sospecha del mayor Wetherley, un norteamericano que me trae frita, y está convencido de que este yanqui tiene suerte con las mujeres. Por esta causa, monín, he estado un mes sin poderte cumplir mi palabra. Mi marido me acompañaba a todas partes, hasta a las tiendas, a pesar de que los maridos las aborrecen. El mayor regresó ya a América; pero mi querido esposo le había tomado el gusto a mi compañía y no había manera de librarse de él...

LIONEL.—¡Ya lo he notado...!

LINE.—Parecía que lo hacía a propósito. Siempre que tenía que venir a verte e invocaba todos los pretextos, Exposición de pintura, conciertos de música moderna y obras de caridad, me decía: «¡Voy contigo...!» ¡Y, como comprenderás, no podía traerlo aquí...!