LUCY.—Sí, señora. Se trata de esto: yo soy... es decir era... (Decidiéndose.) Mire... Prefiero decírselo todo en seguida, porque usted acabaría por comprenderlo, si es que ya no lo sabe. ¡Soy una nueva rica...!
LA SEÑORA MASCHINE (sonriente).—¡No hay ningún mal en ello, señora...! ¡Hasta hay cierto buen tono en confesarlo...!
LUCY.—Es usted muy amable; me siento más a gusto para hablarle. No voy a decirle que el dinero me desagrada. ¡No! Pero el dinero no es todo para mí. Quiero ser feliz antes que nada. No le ocultaré que hace poco tiempo era una señorita de almacén y no pensaba que algún día sería una dama del gran mundo como usted y como la condesa: vendía trajecitos para muchachos. Cierto día pasa a mi sección un caballero alto, bastante joven, buen mozo, moreno, como los que se ven en los cinemas. Pónese a regatear un «marinero» de setenta y dos francos con noventa y cinco céntimos. Al instante vi que no venía por el «marinero», sino por la que lo vendía. ¡Me miraba, me miraba...! ¡Bueno...! Cogió su «marinero» y se marchó. Al día siguiente volvió y me compró otro «marinero». Charlamos; era muy amable; le confieso que me gustaba mucho. ¡He aquí que, a los tres días, vuelve y me compra el tercer «marinero»! Esto principia a inquietarme. Me muestro más reservada y él no se desanima. Todos los días, a la misma hora, se presentaba y me compraba el mismo trajecito. Al cabo de tres semanas concluí por decirle: «¿Qué piensa usted hacer con todos estos «marineros»?» Entonces él me miró con una expresión que no olvidaré nunca: «¡Es para vestir a nuestros hijos, señorita...!»
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Como declaración, resulta bastante original...!
LUCY.—¡Va usted a ver...! ¡Es un cuento de hadas...! ¡Figúrese lo sorprendida que me quedaría...! El mostróse muy chic y no me propuso nada vergonzoso. Me dijo que me amaba y que había resuelto casarse conmigo. «¿Quiere usted ser mi mujer...?» Yo no sabía qué contestarle; arrugaba mi vigésimoquinto «marinero»; al fin, recobré la sangre fría. «¡Según y cómo!», le dije. «¿Tiene usted algún oficio...?» «No se preocupe; tengo una profesión bastante lucrativa. ¡Lo importante es que yo no le desagrade!» Me dejé caer sobre una silla, me puse a sollozar y me enjugaba los ojos con el «marinero». Aquella misma noche, el señor Mers venía a buscarme a la salida del almacén con su auto, me llevaba a nuestra casa y pedía mi mano a papá, que estuvo a punto de caer enfermo por la impresión. ¡Ya ve usted...! ¡Un yerno que tenía quince millones! ¡El pobre papá no volvía de su asombro...!
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Esto no ocurre mas que en el cinema...!
LUCY.—Nos casamos a escape y desde entonces vivo en un sueño. Tengo todo lo que quiero. Cuando salimos juntos, no me atrevo a mirar a las tiendas. ¡Me lo compraría todo...!
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Tranquilícese..,! Esto no durará mucho...
LUCY.—¡Al contrario...! Quiero que dure... ¡Y no por los regalos...! Es que cuando se puede tener todo ya no se desea nada. Deseo que me ame porque yo le haré agradable la vida. Y, para que se sienta satisfecho en su casa, es preciso que tenga una casa satisfactoria. Hemos comprado un pequeño palacio en la calle de la Faisanderie, y me ha confiado el cuidado de arreglarlo. Si lo logro, se quedará encantado. Haga todo lo posible por que yo lo consiga; esto depende de usted. Soy muy ignorante; pero no tengo nada de tonta, y con algunos consejos saldré bien de este asunto.
LA SEÑORA MASCHINE.—No lo dudo. Voy a darle la primera lección... La habitación más importante...