LUCY (aturdida).—¿Es la alcoba...?

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Eso es...! Voy a enseñarle una. ¡Sígame...! (Conduce a las damas a una habitación muy clara.) ¡Aquí está! Usted ha elegido la habitación mejor situada, aquella donde entre el sol de la mañana. Una cortina muy sencilla, sin ramajes ni chinerías, de un tono neutro.

LUCY.—¿Y por qué sin ramajes...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Porque éstos llegan a ser una obsesión. Siempre siente una la tentación de contarlos. Para un hombre de negocios no conviene nada que fije su atención. Su marido debe dejarse imponer el reposo. Sobre todo, nada de armario de luna, ni de muebles altos. Esto abruma. Tampoco habrá en ella cuadros; grabados muy pálidos y muy dulces, que no se destaquen demasiado. El espejo de la chimenea debe ser pequeño y embutido en un marco de madera apenas ornamentada. Prescinda usted del reflector suspenso del techo; nada entristece tanto una habitación como la luz que cae desde lo alto. Además, esto suprime toda intimidad. No debe haber más que brazos fijos en la chimenea y lámparas, cuyo brillo será tamizado por gasas para que no hagan daño a la vista. La alfombra será muy recia y de un matiz uniforme. Arrojará usted de allí los divanes y las chaises longues, donde se sienten tentaciones de echarse, en tanto que el lecho espera. Y llegamos a la cama; aquí ha de poner usted toda su atención. Nada de cama de cobre, ¿verdad...? Se parece a un instrumento de suplicio dorado y resplandeciente. No caiga en el exceso contrario; aborrezco los grandes monumentos de encajes, adornados con doseles del siglo XVIII, que se llenan de polvo y atraen los mosquitos. Resulta pretencioso y se siente una ahogada entre ello. Parece que usted representa «El sueño de la desposada», y esto tiene algún sabor pueblerino. Necesita una bonita cama baja, muy preciosamente esculpida, con el tablero de los pies sobrepasando apenas el colchón, y con el de la cabecera sobrepasando apenas las almohadas; es indispensable una lamparilla encima de la cabeza; ella le permitirá entrever el espectáculo de su alegría. Si el señor quiere leer, tendrá una luz sobre la mesita colocada a su lado...

LUCY.—¡Oh! ¡No lee, porque yo no le dejo tiempo para ello...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Muy bien! Sin embargo, conviene prevenirlo todo. Tendrá usted también su lucecita encima de la mesa; si el señor lee, usted aparentará igualmente que lee, y él no leerá ya. Pasemos al sommier; elíjalo un poco duro, de fabricación inglesa. A un marido joven deben repugnarle los lechos demasiado blandos, que adormecen el deseo. Pero ponga todo su cuidado en el colchón, que encargará usted muy recio: así se forma un hoyo y, a pesar suyo, a despecho de los disgustillos pasajeros, los cuerpos se reúnen en sueños y se perdonan. Le enseño este pequeño truco; es infalible, y prepara un despertar conciliador.

LUCY.—¡No está mal...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Una recomendación: procure no amueblar ninguna habitación con arreglo a un estilo determinado. ¡Esto ya no se lleva...! Conserve una general armonía. El estilo de nuestra época encierra todos los estilos, todas las características de las épocas precedentes y todos los exotismos, y, sin embargo, le desafío a que lo formule. En él se mezcla y se armoniza todo; tiene usted estilo Luis XVI y estilo Directorio, que no se espantan de verse juntos. Todo esto, unido, acaba por formar cierto estilo Clemenceau... Ahora vamos a visitar el comedor... ¡Vengan ustedes...!

(Van al comedor.)

LUCY.—¿Qué...? Pero ¿se come ahí dentro...? ¡Si parece un tocador...!