LA SEÑORA MASCHINE.—¡Y lo es...! ¿A qué obedece esa estúpida costumbre que nos obliga a ocupar una habitación solamente con las comidas...? Consagra usted una hora al desayuno y otra a la comida... ¿Y necesita usted una mesa especial para esto...? ¿Tiene usted unos aparadores para poner de manifiesto en ellos la plata de familia...? ¡Puf...! Estas son costumbres de advenedizos. ¡Que la plata no se vea demasiado en el servicio de usted...! ¡Que no se emplee mas que en la presentación de los platos calientes...! La plata es un metal vulgar. La plata sobredorada es un metal bastardo, que no tiene el valor de su opinión. El oro es el emblema de la estupidez triunfante. Forme usted su vajilla con porcelanas raras y con fayenzas curiosas.

LUCY.—¡Pero yo no veo mesa alguna en este comedor...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Las mesas están en la repostería; se traen en el último momento; son tres o cuatro mesas especiales, que los criados ponen y quitan cuando se van los señores... Detrás de estos tableros se ocultan los estantes de una biblioteca, y detrás de estos otros encontrará usted toda clase de juegos. En la sociedad de usted, la gente tiene afición a jugar. En algunos minutos, mientras sus invitados saborean el café en el salón, esta estancia se convierte en sala de juego y en fumadero. Se imponen, pues, unos altos cimacios de nogal claro, decoración de madera, en que los muebles y los divanes se armonicen con la pared. Alumbrado mediante enchufes situados junto al suelo. Tenga usted brazos de mucha luz sobre su mesa; ponga en ella un centro muy bajo, que no haga penosa la conversación. En los rincones mandará usted colocar unos fanales de cristal sujetos en aros de madera. Nada de sirvientes; las viandas llegan desde la repostería, lo mismo que los platos. No tolere usted que se imponga a sus convidados el aderezo de los manjares, ni el ruido de la vajilla. Que los criados de usted no confíen al oído de sus huéspedes la genealogía ni la partida de nacimiento de los vinos preciosos que ellos les sirvan. Esta antigua costumbre constituye un desafío para las apreciaciones de los buenos catadores que usted reciba.

LUCY.—¡Comprendido...! ¿Adónde vamos ahora...?

LA SEÑORA MASCHINE.—Al salón. Esta es la habitación menos interesante, porque usted no vive en ella. Aquí puede colocar los cuadros de los maestros y los bibelots. Convendrá que se procure usted una colección de cualquier cosa: una colección de campanillas antiguas, o unas vitrinas llenas de sajonias auténticas. Estas cosas son motivos de conversación. Pondrá usted un gran espejo encima de la chimenea: éste permite a las personas notables que se miren al hablar, y a las damas, que vean cómo están los pliegues de sus vestidos, sus semblantes y sus peinados. Muchas sillitas bajas, esparcidas acá y allá, sin orden aparente; varias mesitas. En uno de los rincones, la mise en scène necesaria; un pequeño bureau, en el que pensarán que escribe usted. En el rincón opuesto, un piano, donde el compositor parásito le tocará algo de Schumann, «¡que él interpreta como nadie en el mundo!».

LUCY (tímida).—¡Yo pensaba en recepciones alegres, en tes-tango...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Está usted un poco retrasada en cuestión de modas...! Ya no se piensa en bailar; cuando alguien tiene mucho empeño en hacerlo, se va a retozar a cualquier establecimiento de baile. Los tes-tango disgustan a los maridos y turban la paz de un hogar. Por otra parte, usted no utilizará el salón mas que para pasar por él. De esta manera podrá lucir en él todos los tapices de la Savonnerie y todos los Beauvais. Antiguamente, esta habitación tenía una razón de ser, en el tiempo en que la conversación era un deporte. Ahora no se habla mas que en la mesa y en seguida se juega. El ingenio de salón desapareció con la señora Aubernon de Nerville y con la señora de Loynes. Ya no subsiste mas que el ingenio del círculo y el del café. No se tiene tiempo de chismorrear; los periódicos han matado el arte de la maledicencia elegante. El salón no es mas que el paso de una comida a una mesa de poker, del apetito a la digestión. ¡Qué siglo tan triste...!

LUCY.—Le queda por enseñarme una habitación: el tocador.

LA SEÑORA MASCHINE.—Lo dejaba para lo último. (Nuevo viaje; entran en una amplia sala, muy alegre.) ¡Aquí está el santuario! ¡El lugar donde pasará usted la mitad del día...! En cuanto despierte, correrá usted a retocar su belleza. Pasemos por alto el baño y no nos fijemos en los aparatos para la ducha; esto ya se lo venderán. Sin embargo, observe que el baño, muy hondo, está enterrado hasta la mitad en el suelo. Puede usted sentarse en él; una sillita está instalada en uno de sus extremos. Aquí tenemos el robusto tubo para la ducha escocesa. Aquí está el gran espejo de tres lunas, que le dirá la verdad. Allá se encuentra el diván para descanso, donde se lee los periódicos mientras se saborea el chocolate reparador. Más lejos hay un pequeño bureau, su verdadero bureau, donde usted escribirá las cartas para las amigas íntimas y ajustará sus cuentas. Aquí está, por último, la coiffeuse; no necesito describir a usted los perfeccionamientos aportados a ésta por la Casa X... Ahora bien; lo que debe absorber toda la solicitud de usted es el calientabaños...

LUCY.—¿Por qué?