LA SEÑORA MASCHINE.—Porque es un instrumento caprichoso y variable. No calienta, o calienta demasiado; no se enciende, o provoca incendios. Estalla en el momento en que se le cree dominado. Le hace a una mil jugarretas. Es un perpetuo motivo de inquietud. Un mal calientabaños acaba por agriar a usted el carácter, volviéndola irritable y quisquillosa. La hace esclava de los fumistas, unos señores poco cómodos, que le deteriorarán el tocador en cuanto tengan que efectuar la menor reparación. La vida resultaría demasiado dulce si no fuera por esta calamidad del calientabaños.
LUCY.—¿Y si recurriera a la calefacción central...?
LA SEÑORA MASCHINE.—No tendría nunca agua caliente a la hora que la deseara. ¡Créame usted...! No hay más remedio que aguantarse. Tanto más, cuanto que aquí habrá de pasar usted sus horas de soledad. Cuando su marido desayune fuera, aquí desayunará usted. Aquí meditará y reflexionará usted; aquí recibirá usted a sus mejores amigas. Lo más claro de su existencia transcurrirá en esta sala; en ella reconquistará usted al marido vacilante...
LUCY.—Espero que el señor Mers no vacilará nunca...
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Quién sabe...! Acuérdese usted de mi consejo: cuide mucho el tocador. (Un silencio.) Ahora, señoras, ya sólo me falta enseñarles el recibimiento.
LUCY.—¿La antesala...?
(Nuevo viaje.
LA SEÑORA MASCHINE.—¡No! ¡Nada de antesala...! ¿Para qué sirve...? ¿Qué significa este aposentillo amueblado con una percha y con un arcón de madera...? ¡No! Prepare una buena entrada al visitante; que éste no se sienta desconcertado por la decoración hostil; que pueda esperar, arrellanado en un sillón, en medio de un ambiente simpático, el minuto de audiencia que usted le concederá; que salga usted a su encuentro, si es preciso, hasta el vestíbulo, el cual resultará así un disimulado recibimiento. Ponga usted aquí la mentira inicial de su vida mundana. Sea esta habitación encantadora e íntima...! Entrase así a pie llano en la cordialidad de usted. El proveedor, el visitante, el pordiosero, todos se juzgarán bien recibidos, y de esta manera muchos de los indiferentes a quienes usted atienda se convertirán en amigos suyos.
LUCY.—Si usted me lo permite, señora, le compro todo el mobiliario.
LA SEÑORA MASCHINE.—Rechazo su proposición; en primer lugar, porque este mobiliario no es exactamente el que le conviene y, además, porque ya está vendido.