LA SEÑORA LABRON (perpleja).—¡Es verdad...! Entonces no veo mas que una solución... Puesto que ese monstruo con rostro humano se ha hecho amar por mi hija..., ¡que se case con ella...!

LA SEÑORA JOZIELLE (estupefacta).—¡Cómo...! ¿Consentiría usted en entregar su hija a...?

LA SEÑORA LABRON.—¡No hay más remedio! Siga usted mi razonamiento: una rapaza que ha sido besada de esta manera se transforma y ya no tiene ideas normales acerca de la existencia... Mire: cuando yo era una jovencita, el señor Labron me besó la boca en un baile blanco... ¡Recuerdo el efecto que esto me causó...! ¡Hubo que casarme a escape...! Mi hija es mi hija... ¿Me entiende usted...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡La entiendo...! ¡Pero hay un obstáculo...! (Vacilando.) ¡Creo que el señor Chabregy es casado...!

LA SEÑORA LABRON (dando un brinco).—¡Casado...! ¡Y se atreve a besar a las jóvenes...! ¿Está usted segura de que es casado...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Claro! El me ha presentado a una señora bastante fea como si fuera la señora Chabregy...

LA SEÑORA LABRON.—¡Quia, señora, quia...! Mi hija me ha dicho que era soltero... ¡Y ella ha debido tomar sus informes...! ¡El le ha presentado a usted a su querida...! ¡Yo pagaré lo que haga falta...! ¡O se casa, o daré el escándalo...! ¡Es mi resolución definitiva...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Está bien, señora...! Voy a interrogar al señor Chabregy y a darle a conocer las condiciones de usted. Haga el favor de retirarse y vuelva dentro de una hora.

La señora Labron se marcha. A los pocos segundos entra en el despacho directorial el profesor literario: es un hombrón rubiazo, miope, rasurado, inverosímilmente flaco y ya un poco calvo; no sabe dónde poner las manos ni los pies; flota como una deuda en una chaqueta lamentable; diríase que fué criado en un telescopio. Parece aburrido más de cuanto pudiera expresarse.

CHABREGY.—¿Me ha mandado usted llamar, señora directora...?