La señora Jozielle contempla al seductor con una estupefacción poco aduladora, con aire de decirse que las jóvenes tienen un gusto deplorable. Luego indica una banqueta, donde Chabregy se sienta tímidamente; ruido de rótulas mal engrasadas.

LA SEÑORA JOZIELLE (muy en directora).—Tenemos que hablar, señor profesor...

CHABREGY (suplicante).—¡No siga usted, señora directora...! ¿Va usted a hablarme del «asunto Pepita»...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Ah...! ¿Confiesa usted...?

CHABREGY (enérgico).—¡Yo no confieso nada...! ¡Soy víctima de una maquinación horrible...! ¡Le juro, señora, que soy un hombre amigo de cumplir con mi deber..., que soy un profesor irreprochable...! Y permítame que se lo confiese con orgullo: a pesar de tener treinta y cinco años, me he conservado virgen...

LA SEÑORA JOZIELLE (incrédula).—¿De veras...?

CHABREGY.—No hay en ello mérito alguno; el estudio me absorbe y no me deja tiempo para dedicarme a la francachela. Además, y esto ya lo debió notar usted, ¡no soy hermoso...!

LA SEÑORA JOZIELLE (vaga).—¡Dios mío...! ¡Los hay más feos que usted...!

CHABREGY (firme).—¡No, señora...! ¡Yo tengo la fealdad profesional, y por eso me eligió usted...! Usted se dijo: «¡Con este, por lo menos, puedo estar bien tranquila...! ¡No inspirará malas ideas a sus discípulas...!» ¡Confieso que esta opinión me ufanó...!

LA SEÑORA JOZIELLE (ya interesada).—¡Le aseguro, señor Chabregy, que usted exagera su fealdad...!