CHABREGY.—¡No...! ¡Soy tan feo como Littré...! ¡Y juzgábame al abrigo de las vanas pasiones humanas...! ¡Me engañaba...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Caramba...! ¿Es verdad que ha besado usted a una joven en la boca...? ¿Sí o no...?

CHABREGY (confuso).—¡Sí, señora directora...! ¡Y puedo añadir que no me ha causado placer alguno...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¿De veras...? ¡Tiene usted el gusto muy difícil, amigo mío...! La señorita Labron es una muchacha muy linda. ¡Es hasta bella...!

CHABREGY.—¡Oh! ¡No exagera usted...! Es una diosa joven, conformes; es tan alta como yo, aunque mejor proporcionada y de buenas carnes. Su rostro tiene la nobleza de las medallas antiguas. ¡Me inspiran horror estas mujeres...!

LA SEÑORA JOZIELLE (aturdida).—¡Entonces no me explico lo sucedido...!

CHABREGY.—Va usted a verlo; es sencillísimo: me rogó usted que diera a las discípulas mayorcitas un curso de historia literaria; dispusimos de común acuerdo el tema de mis lecciones: «La influencia de la mujer en la literatura y en las costumbres del siglo XVII».

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Confieso mi imprudencia...! ¡No conviene hablar de las mujeres a las jóvenes...!

CHABREGY.—¿Y de qué quiere usted que se les hable...? ¿De los hombres...? ¡Eso sería todavía peor...!

LA SEÑORA JOZIELLE (melancólica).—¡Tiene usted razón...! ¡Continúe...!