CHABREGY.—Hasta entonces yo no había dado clase mas que a las medianas, a las back fish, que aun no tienen sexo, si me atrevo a expresarme así. Estas apenas me intimidaban; pero al entrar en la clase de las mayores sentíme súbitamente desorientado, como si penetrara en un país desconocido, habitado por seres inquietantes; había allí, en esta clase, un extraño perfume, formado por mil perfumes; un aroma que se me subía a la cabeza. Yo perdía la conciencia de mi personalidad y me convertía en un individuo distinto; yo, que soy modesto y más bien insignificante, experimentaba un deseo de brillar, de decir cosas espirituales y sutiles, ¡de hacerme valer, en fin...! ¡Qué vergüenza...!
LA SEÑORA JOZIELLE (protestando).—¡No hay por qué avergonzarse de esto...! Sus cursos han sido muy estimados.
CHABREGY (severo).—¡No lo fueron tanto como debieran...! A pesar mío, me había convertido en un comicucho. ¡Buscaba los efectos...! ¡Yo no era ya un profesor, sino un conferenciante...! Las muchachas sentían tentaciones de aplaudirme, y yo—¡no se lo ocultaré, señora!—experimentaba un placer infame ante este solo pensamiento. Cuando salía de mi clase estaba como embriagado con una deliciosa embriaguez. ¡Cómo me despreciaba en seguida, Dios mío...! Muchas veces estuve a punto de correr aquí para rogarle que me librara de esta tarea, de la que era indigno. Fuí cobarde y continué. Soy el mal sacerdote de la religión académica. ¡Eso es, señora...!
LA SEÑORA JOZIELLE.—¿Y cómo concibió usted el proyecto de seducir a la joven Pepita?
CHABREGY (cambiando de tono).—¡Cómo...! ¡Ni por pienso...! ¡Es un absurdo...! ¿Seducir a alguien...? ¿Yo...? ¡Usted no me ha visto bien...! ¡No...! ¡El castigo cayó sobre mí cuando menos lo esperaba...! Por culpable que fuese, yo había conservado cierta conciencia profesional. Quería que mis lecciones fuesen, no solamente agradables, sino también útiles. Para estar seguro de que me comprendían bien, yo, como todos los pedagogos, había escogido a la más estúpida de la clase, es decir, a la señorita Labron. Yo me decía: «¡Si esta lo entiende, las demás lo entenderán mejor!», y, mientras hablaba, mirábala para seguir en su semblante el trabajo de su lenta inteligencia. ¡Y si su semblante se iluminaba, me sentía satisfecho...! ¡Puesto que esta simplota se enteraba, las demás debían de haberse enterado también...!
LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Desgraciado...! ¡La pobre muchacha creyó que usted le dedicaba una atención particular...! Al principio sintióse adulada, y luego, agradecida. La señorita Labron se dijo: «¡Habla por mí...!» Interpretó esto como una discreta declaración, y como esta niña es novelesca, enamoróse de usted... ¿Y usted no comprendió nada...?
CHABREGY.—Sí, señora; pero ¡demasiado tarde...! Figúrese usted que después de la última lección la señorita me dijo en voz baja: «¡Caballero! Tengo que preguntarle una cosa a solas. Le espero en el locutorio...» ¡Yo no desconfiaba ni pizca...! Ocurre con mucha frecuencia que una discípula le pida a uno aclaraciones; no puede rehusarse este benévolo repaso. Me presento, pues, en el locutorio; apenas hube entrado en él, la señorita Pepita se precipita contra la puerta, la cierra, se vuelve hacia mí y me dice: «¡Lo sé todo, caballero...!» «¿Qué sabe usted, señorita...?» «Sé que usted me ama y no se atreve a decírmelo...» «¡Qué...!», exclamé yo. «Pues bien; ¡yo también le amo...!» Señora: si un rayo hubiera caído a mis pies, no me hubiese quedado más aterrorizado...
LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Bah! ¡Ya se hubiera usted aterrorizado algo más...! ¡Pero continúe...!
CHABREGY.—No había tenido tiempo de salir de mi asombro, cuando esta joven me saltó al cuello y me besó en la boca... Luego huyó después de haberme encerrado en el locutorio... ¡Tuve que salir por la ventana...! ¡A esto se reduce toda mi novela de amor...! Juro que he dicho la verdad. ¡Júzgueme usted...!
LA SEÑORA JOZIELLE (soñadora).—¡Es usted sincero...! ¡Estas chiquillas tienen a veces unas ocurrencias locas...! Pero me asombra que usted..., un hombre casado...