VERA.—Permítanme ustedes, señoras, que les presente a mi amiga la señorita Volanges, la cual acaba de alistarse bajo nuestra bandera... Haga el favor, mi generala, de tomar a mi ahijada bajo su protección.
LA GENERALA (una comadre gruesa y canosa; pero de modales autoritarios).—¡Ah...! ¿Una nueva recluta...? ¡Muy bien...! ¡Es usted muy joven y muy linda, señorita...! ¡Y, además, bastante rubia...! ¡En fin...! ¿A qué se dedica su padre...?
SITA (tímida).—Mi padre es director de las Forjas de Commentry-Yapamieux.
LA GENERALA (ya más amable).—¿Un metalúrgico...? ¡Bueno...! ¿Tiene usted vocación...?
SITA.—Creo que sí. Querría consagrar mi vida a cuidar los sufrimientos, a inclinarme sobre los dolores.
LA GENERALA.—¡Sí...! Además, para una mujer nunca resulta desagradable ver sufrir a los hombres. Y es más agradable todavía consolarlos.
SITA.—Siento dentro de mí algo como un apostolado...
LA GENERALA.—¡Ya lo veremos en la curación...! Pero no en seguida; antes hay que seguir los cursos...
SITA.—Yo tengo ya algunas nociones de Medicina.
LA GENERALA.—Esto puede ser ya mucho, o puede ser poco. Nosotras debemos atenernos al lado práctico y no procurar jugar a los médicos, como lo hacen las bachilleras que rodean a la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.