SITA.—¿Quién es esa dama?

LA GENERALA.—Una vieja pava blasonada, amiga de la condesa de los Charmes, a la que han nombrado presidenta, mientras que la condesa, que ha prestado su palacio, y yo, que he obtenido el apoyo del Gobierno militar, no somos mas que vicepresidentas... ¡Y pensar que sin mí no hubiéramos tenido un solo herido...!

SITA.—¿De veras...?

LA GENERALA.—¡A ver...! Las «Damas de Aquitania», la Sociedad rival, se las habían compuesto para acaparar todos los heridos graves de París y todos los cirujanos famosos... ¡Figúrese usted cómo se burlarían de nosotras...! Yo me las arreglé de tal modo, que al fin decidieron enviar a nuestro hospital modelo una parte de los heridos, que las imbéciles de enfrente pretendían acaparar. Le juro que no fué cosa fácil. ¡Maldita sea...! ¡Qué batalla...! Menos mal que acabamos ganándola por nuestra propia autoridad. Sin embargo, la querida marquesa se atribuyó todo el mérito de la victoria y se hizo nombrar presidenta.

SITA.—¡Parece que usted no la quiere mucho...!

LA GENERALA.—La detesto, y ella me paga en la misma moneda. Por esta causa, le advierto que no se deje engatusar por ella. Yo soy muy cabal en mis amistades y estimo con razón que las que no están conmigo están contra mí...

SITA (ingenua).—¿Es que hay dos partidos...?

LA GENERALA.—Hay hasta tres, si se cuenta el de la señora de los Charmes. ¡Pero esto no tiene importancia...! La buena condesa cedió su palacio y no se le pide más.

VERA (acercándose).—Generala: la llaman en el economato...

LA GENERALA.—¡Atiza...! ¡Alguna equivocación de la encargada...! ¿Lo está usted viendo...? ¡No se puede hacer nada sin mí...! (Ella desaparece, moviendo las caderas.)