LA MARQUESA.—¡Sí..., sí...! Todas dicen eso. Y pasados quince días me las encuentro emperifolladas, cubiertas de joyas y apestando a esencias. Estas costumbres son capaces de desacreditar a un hospital modelo. Una advertencia más: aquí soy yo quien lo dirige todo, y usted no tiene que recibir órdenes de nadie mas que de mí. No haga caso de lo que pudiera decirle esa generala; está medio loca. Me agrada usted, y quiero convertirla en algo de provecho; pero acuérdese de que las que no están conmigo están contra mí...

SITA (perpleja).—¡Muy bien, señora presidenta...!

LA MARQUESA.—Es usted inteligente y triunfará... ¡Hasta ahora, hija mía...!

Alarga a Sita un manojo de huesos y se marcha.

VERA.—¡Vamos! ¿Qué le parece a usted...?

SITA.—¡No sé qué pensar...! Yo no sospechaba que en la consagración al sacrificio tomara tanta parte la diplomacia. Si sigo a la generala, la marquesa me guardará rencor, y si sigo a la marquesa, la generala me fastidiará todo lo que pueda.

VERA.—Lo mismo sucede en todas las Obras. Estas damas se sienten animadas de la mejor intención cuando se agrupan. Y en cuanto se trata de repartirse los grados, la autoridad, las direcciones y, por consiguiente, las recompensas probables, todo el mundo se pone a reñir. Esto no impide que la máquina marche casi bien. ¡He aquí la belleza de las instituciones francesas...! Son indisciplinadas, están corroídas por luchas internas y, sin embargo, funcionan porque, a pesar de todo, las alimenta la abnegación. ¿Me espera usted aquí...? Vendré a buscarla en cuanto el profesor se encuentre entre nosotras.

Vera se aleja. Sita, sola, se sienta en un rincón y mira en torno suyo. No conoce a nadie; una enfermera pasa y ve a esta joven, que parece estar en cuarentena. Como es una persona caritativa, se acerca y dirige la palabra a Sita.

LA ENFERMERA.—¿Espera usted a alguien, señorita...?

SITA.—¡Sí...! Es decir... ¡no...! Vine con la señorita Vera.