LA ENFERMERA.—¡Ah...! ¡Comprendido...! ¡Usted es la nueva...!

SITA.—¡En efecto...! Y debo tener un aire muy torpe, ¿verdad?

LA ENFERMERA.—Es la primera impresión que se experimenta. Luego se acostumbra una...

SITA (por decir alguna cosa).—Estas damas son muy agradables...

LA ENFERMERA.—¡Bah...! ¡Cuando las conozca usted...! Se han puesto una cofia para chismorrear más a gusto.

SITA.—¿Hay aquí chismes?

LA ENFERMERA.—¡Desdichada...! ¡Está usted en Villachismosa...!

SITA.—¡Es horrible...!

LA ENFERMERA.—¡No, hija mía...! Cuando haya cuidado usted a algunos heridos se iniciará en el flirteo, que acerca al enfermo a su ángel de la guarda. Todas estas viejas hadas, la generala de las enfermeras y la marquesa de las parlanchinas, no saben lo que es cuidar hombres. Una les ofrece higiene y la otra les brinda operaciones. ¡Bonito tratamiento...! Los desgraciados que vienen del frente, convalecientes o moribundos, no quieren mas que una cosa: alegría. ¡Que una cabeza graciosa se incline sobre su dolor y que tengan el calmante supremo: el amor...!

SITA.—¿El amor para los moribundos...?