LA ENFERMERA.—¡No se haga ilusiones...!
SITA.—¡Quia...! Mi corazón no me engaña nunca. Usted tiene una filosofía práctica y una visión clara de la vida. ¡Pero querría preguntarle algo más...!
LA ENFERMERA.—¡Pregunte...!
SITA.—Hay una persona que me parece representar en este asunto el papel de víctima; se trata de la buena condesa de los Charmes...
LA ENFERMERA.—¿Por qué...?
SITA.—Ella cedió su palacio, ella corre con los gastos de la empresa y, sin embargo, nadie le hace caso. La marquesa y la generala parecen tratarla como algo sin importancia; estas matronas se atribuyen todo el éxito de la empresa. A ellas irán a parar los honores y las cruces. ¿Qué le parece...?
LA ENFERMERA (turbada).—Me es muy difícil contestarle...
SITA.—¿Por qué...?
LA ENFERMERA.—Porque conozco a la condesa de los Charmes, que es mi amiga íntima. A ella le agradaría mucho saber que una persona en el mundo se cuidó de su existencia; pero le contestaría a usted que no le agrada que la compadezcan y que cumplió con su deber por nada, por el placer que el cumplirlo le producía... Espero que volveremos a vernos, señorita, porque le repito que me es usted muy simpática... ¡Adiós...! El famoso profesor Moumel ha llegado y va a principiar su curso...
Estrecha la mano de Sita y se va.