Beso este oro donde tantas veces puso sus manos el valor.

(Soltaba la espada de improviso y daba un grande grito.)

¡Mal cuitada de mí! Aspid, escorpión o saeta. No era espada, que era dardo de amor. No os partáis de mi lado. Para vos, caballero Ricardo, todas mis ofrendas y todos mis sacrificios. No temáis que el viento os aparte la rosa de la rama.

RICARDO

¡Ay, el viento de la muerte!...

LUCRECIA

No le temáis; mucho peor es el viento de la vida para arrebatar amores. Pero yo soy eternamente para vos. Tomadme, Ricardo. Vuestra es la rosa. Tomadla antes que la agosten los soles, la marchiten las lluvias y la arrastren deshojada los vendavales.

(Y se oía tras el boscaje una suave música, y se corría un rico tapiz sobre el estrado.)

Pareció notablemente bien la comedia al concurso y todos la loaron sobremanera. Sólo D. Diego padecía después de haber visto en una escena, juntos al noble don Miguel con la desenvuelta Renata. Y fué más, para aumentar su enojo, cuando vió a Lisarda, la dueña, que cautelosamente se le llegaba y ponía en sus manos un billete, diciéndole en él Renata que si quería platicar con ella, la vieja le daría la llave de una puerta secreta de su casa, por donde sin ser notado, podía con toda seguridad llegar a su aposento y salir del mismo modo. En poco estuvo que D. Diego no pusiera entonces punto a la enfadosa historia en que estaba metido; pero por servir en algo a D. Miguel, a quien tan rendido estaba su verdadero ser, se dispuso mal de su grado a continuarla, aceptando de manos de la dueña la llave prometida. Terminóse la fiesta con grande algazara de pífanos y otros instrumentos, que recorriendo los jardines mostraban señal de que la fiesta había dado fin. Y fué de ver el brillante aparato con que Renata, como correspondía a su alcurnia, retiróse a su casa en la carroza con su padre, acompañados por dos jinetes que iban a los estribos con sendas hachas de viento encendidas.

TERCERA PARTE