Leyólos y releyólos doña Mencía con atento cuidado, como si fuese aquella dulce poesía espejo de sus propias penas. Muy luego tomólos en su memoria, que era clarísima, y casi de continuo los recitaba.
Tan luego como amaneció, sacó del cofrecillo que había traído Marcos a las ancas de su mula los atavíos femeniles que la correspondían, y eran sencillísimos y de una gran honestidad. Un vestido de estameña y un tafetancillo como velo, que eran con los que pensaba entrar en Mantua, por no ser decoroso que entrase en el convento con el traje hombruno del camino. Y cuando don Miguel envió a su amigo los buenos días, el que ya no era don Diego, después de tomar licencia para entrar en el aposento del de Guzmán, presentóse en el umbral de la puerta, mostrando tan gentil presencia de mujer, que don Miguel quedó todo turbado y confuso ante la inesperada aparición.
—No fué soñación vuestra sin duda, señor don Miguel—comenzó diciendo la dama,—ver trocado desta manera a vuestro gentil amigo don Diego. Pero en pocas palabras os diré la verdad de mi historia. Soy nacida en Toledo, de muy nobles padres y llámome doña Mencía de Carvajal. Más cuidadosos de medrar en su hacienda que de beneficiar mi espíritu, dábanme por marido a un hombre rico, pero viejo, sucio y feo. Nada valieron mis protestas, y entonces determinéme a tomar por esposo al que es eternamente bello y bueno. Una hermana de mi padre, dama que fué de gran hermosura, vive en Italia rigiendo una comunidad de religiosas y pensé venirme con ella, tomando para mi intento ese disfraz con que me habéis visto, y acompañándome de Marcos, escudero de mi casa, que fué compañero de armas de mi abuelo y tiéneme más afición que mi propio padre, y así tomé el camino destas tierras donde había de unirme con la que se llamó en el siglo doña Clara de Carvajal y de Mendoza, y hoy es en religión sor Margarita, priora de las Capuchinas de Mantua. Pero quiso Dios (Dios debe ser) que os hallare en mi camino. Sabed, don Miguel, que de hoy más no me veréis. He sido fuerte hasta ahora, seré un momento débil para haceros una confesión, que el corazón se me saltará del pecho si no os la hago y puedo hacérosla, porque sois hidalgo y noble como un hijo de rey, y luego volveré a mi prístina fortaleza para daros un adiós que lleve quizás pedazos de mi alma.
El asombro de don Miguel creció de punto al escuchar tales palabras y de tan linda boca, que la gravedad del continente de doña Mencía y toda la honestidad que ponía en el hablar, que lo hacía con los ojos fijos en el suelo, habíanle llegado a lo hondo de su ánima.
—No acierto—prosiguió la dama—a deciros lo que deciros no quisiera, pero deciros he. Diréos, don Miguel, que os amo, que sois el primer caballero a quien puedo decirlo, y único, pues que dentro de breve tiempo el mundo habrá concluído para mí. Considero vuestro amor como una rosa encantada, de aroma fragantísimo que debo aspirar a distancia, porque si tocarla quiero, cien espinas buídas me castigarán de mi osadía. Pero sabed que os adoro, aunque sea mengua mía decíroslo, y que soy tan ambiciosa que quiero de vos una gran merced. Os pido don Miguel, que perdonéis como discreto a la que os ama como loca.
Quiso arrodillarse ante él; pero Guzmán la detuvo, y cogiéndola una de sus blanquísimas manos besósela con unción respetuosa.
Aquella noche, como habían convenido, acudió doña Mencía con su traje viril a la casa de Renata. Esperaba la italiana a su don Diego en el mismo aposento que la otra noche, y no bien fué verle entrar, que se arrojó a su cuello con transportes de amor, y como entonces tropezase con el redondo seno de doña Mencía, extrañándose de hallar tal obstáculo en el pecho de su amado, hubo de preguntarle al tiempo que paseaba sus manos por el misterioso lugar:
—¿Qué os abulta aquí, caballero?
—Esto es lo único que me abulta, señora—respondióla don Diego con modo socarrón.
Y entonces, desabrochándose el juboncillo con gran presteza y abatiendo su camisa, mostró a Renata, que esperaba el pecho fuerte del mancebo, su blanco cuerpo, su finísimo talle y la turgencia de sus admirables senos, cuya vista pusiera en notable desasosiego al más austero y frío de los varones.