—Me gustan más los míos—dijo Renata, que al comprender la situación había tomado una gran seriedad.

Fué en este momento cuando don Miguel apareció en la puerta de la estancia, lo cual terminó de turbar a la infeliz Renata. Y subió de punto su burla cuando el caballero recién llegado dijo a doña Mencía:

—Venid, mi esposa.

Y después de haberla ayudado a vestirse de nuevo, cogióla de la mano, y sin dirigir palabra a Renata salieron ambos.

Fué inmenso el enojo de Leonardo Aldobrandino al saber los hechos de su hija por boca del mismo don Miguel, que ya se había descubierto como quien era; y habiendo el de Guzmán declarado que doña Mencía de Carvajal había de ser su legítima esposa ante Dios y ante los hombres, quiso Aldobrandino que su hija fuese a ocupar en el convento de Mantua la misma celda que esperaba a la dama española.

No se holgaron menos de la fausta nueva los padres de doña Mencía, quienes muy luego ordenaron una misa en la iglesia de Santo Tomé de su ciudad, para celebrar el feliz matrimonio de su hija. Misa fué ésta a la que no asistió don Lucas Leví Escobedo, hombre frío y desabrido como las gracias de Mari Angola, que era el novio que la deparaban primeramente, y hay quien dice que no acudió al santo sacrificio, porque descendiendo de los Levíes, que fueron tesoreros de don Pedro de Castilla, era sin duda, más viejo como avaro que como cristiano, y que hacía al tocino los ascos que no hizo nunca a los escudos de a ocho.

Fueron suntuosas de toda suntuosidad las bodas de don Miguel y doña Mencía, las cuales recordaron con piedad y lástima el engaño de la infeliz Renata, que por ser indiscreta en sus amores y querido buscar el afecto imposible del fingido don Diego, vióse tan justamente castigada. Y hoy sabemos della que es una religiosa tan perfecta como ejemplar y venturosa casada ha sido doña Mencía, que pocos años ha murió en su palacio de Sevilla, mirándose en los ojos de su esposo.

Y vese aquí que hasta los más extraños sucesos son caminos por los que la sabiduría del Altísimo lleva a las criaturas adonde más les conviene para la salvación de sus almas. A ella conduzca a los que leyeren o escucharen leer la presente verídica historia, la Misericordia de Nuestra Señora la Madre de Dios, como así deséales y para él pide también el cristiano y devoto caballero que la escribe, para ejemplo de algunos y regalo de todos. Vale.

Cosas de hombre.
(A. REYES)