La cabalgadura, a la cariñosa insinuación, tomó lentamente el camino de la cuadra, mientras el Pizarroso sentábase sobre un capacho, junto a su hermano el Totovías, un viejo enjuto y grave que entreteníase en hacer tomizas para los usos domésticos, mientras el porquero, un rapaz greñudo y andrajoso, contemplaba con famélica expresión, desde la puerta, la gran olla que hervía sobre las enormes trébedes de hierro en la chimenea.

—Y ¿qué es lo que dicen el Rumboso y el Pastañeta? ¿Tantas cosas teníais que contaros, que si se entretienen ostedes una miaja más volvéis tóos a vuestras casas con barbas corrías?

—Y dale, mujer, dale, no seas asina; si me he entretenío ha sío por decirle al Rumboso con toas las veritas de mi alma y con tó mi metal de voz: «¡Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley!» ¡Vaya si es una prenda el viejo! ¡Y con un corazón más grande que una cantera!

—Y eso ¿poiqué? ¿Te ha regalao alguna vestiura pa el Corpus?

—No, señora, que lo que ha jechito vale más que tó eso; el Rumboso ha puesto esta tarde su bandera en lo más artico del monte.

—No es una noveá en él; ¡ese es de los que siempre se la han traío!—exclamó con voz gutural el Totovías—pero, a la fin y a la postre, dinos ya lo que ha jecho, que la olla mos espera gruñe que te gruñe.

—Pos ha jecho lo que sus voy a contar. Figúrense ostedes que Rosalía, la del cortijo de la Embocaura, que es un pasmo de bonita y que tié un cuerpo que es una parma...

—¡Una parma! Un parmito, ¡más ropa que carne!—dijo con tono desdeñoso la tía Tomasa.

—¡Eso ya sus lo dirá el Pastañeta cuando se case con ella!

—¡Pos no estás tú mu atrasao de noticias! Rosalía ya no se casa con el Pastañeta, poique se le ha cruzao en el camino ese que dices tú que es una prenda.