—A eso voy, mujer, a eso voy; es mu verdá que el Rumboso se le cruzó en el camino, y que, como el hombre tié más fanegas de tierra que nosotros abejas en los panales, al padre de la Rosalía, que es un agonioso, la avaricia se le puso de pie, y cogió a su hija y le dijo que como gorviera a mirar a Toñico les iban a caer cataratas en los ojos a dambos, y que era menester que se pegara manque fuera con liria una sonrisica en los labios pa cuando hablara con el viejo; y la muchacha no entendió de chiquitas, y cuando se le puso a tiro el Rumboso se le echó a llorar, y le dijo que lo que quería jacer con ella era una picardía; que ella no podía peinarse ni despeinarse en el mundo más que pa su Toño; y tan y mientras ella le decía esto al señor Juan, el otro andaba diciéndole a grito pelao a tó el que lo quería oir que no había de parar hasta sembrarle al viejo una almáciga de plomo en el corazón, o el jierro de su cuchillo en la mismísima boca del estómago.
—Y eso era lo que se merecía por dir a meter la pata en unos güenos quereles, valiéndose de que el padre de Rosalía es un «tó pa mí» de cuerpo entero y Toño es un probetico desmamparao.
—Tú no estás bien enterá, Tomasa; en estas cosas sa menester ajondar pa verles el fondo. Cuando el hombre se prendó de Rosalía, cuasi naide estaba enterao de esos quereles, poique se querían de contrabando; y lo que pasó fué que el Rumboso, que jacía ya cinco años que no veía a la muchacha, se la topó una tarde en el pueblo, y al hombre se le reverdeció la sangre, y el hombre está más solo que una esparraguera, y la zagala es güena y es bonita, y el hombre no sabía na de sus amoríos; y cuando el hombre se enteró, ya él le había hablao al de la Embocaura, y ya el Pastañeta andaba de atajo en atajo aconsejándole que se pusiera bien con Dios y que jiciera testamento.
—¿Pero es que no vas a acabar nunca? ¡No ves que se va a pegar la olla!
—Ya arremato. Pos bien, esta tarde, miajita antes de que yo llegara, el Rumboso, que iba pa el lagarillo del Zegrí montao en su Ceniciento, que es un jaco que vale un millón, al dir a dar la vuelta al olivar del Tardío, se topó manos a boca con el Toño, que estaba acechándolo entre las pitas de la linde.
—Naturalmente, al echárselo a la cara, el señor Juan se comió la partía, poique estaba al cabo de la calle en lo tocante a las bocanás del otro; pero el hombre, que es prudente, se jizo el lila, y no hubiera chistao tan siquiera si el otro no se le hubiera atravesao en el camino, con la escopetá montá en la mano, diciéndole que se apeara pa hablar de la Rosalía.
—Y miá tú lo que son las casolidades; en aquel mesmísimo momento desemboqué yo en la encrucijá, poique esto que yo sus he contao, esto lo sé yo por boca del Rumboso.
—Y no acabarás, y la olla gruñe que te gruñe.
—Ya acabo, jambrón, ya acabo. Pos bien, yo, al ver aquello, miré por si encontraba un boquete por donde colarme, pero el señor Juan, al verme llegar, me gritó riéndose:
—No te vayas, Pizarroso, no te vayas, que me conviene que veas la corría.