Y diciendo esto, saltó en tierra con la misma agiliá con que yo saltaba en mis moceáes, y endispués de jecharle las riendas sobre las crines al Ceniciento, le dijo a Toño al mesmo tiempo que se iba pa él:
—A ver si bajas ese juguete, chaval, poique si se te va el tiro y güelo la pólvora, no vas a volver a estornuar en toa tu vía.
—Coja osté la suya, mostramo, cójala osté, poique esta tarde me queo con osté, u osté se quea conmigo.
Y esto se lo decía el Pastañeta reculando, jaciéndole puntería, con la cara del color de la gayomba y con los ojos espaventáos.
—¡Yo qué he de quearme contigo! Yo no mato volantones.
—No se acerque osté, y coja osté su escopeta; mire osté, mostramo, que hoy le jago yo a osté yesca el pecho.
Y entoavía no había arrematao de icirlo, cuando le dió gusto al deo, y ¡pum! ¡vaya un berrío que dió la vizcaína!
—¿Y qué, encarnó?
—Un plomo en un brazo na más, un plomo perdiguero; pero, camará, yo no he visto hombre más vivo ni más bravo que el Rumboso; entoavía no se había arrematao el estampío, cuando la escopeta de Toño y el cuchillo que éste había sacao estaban en la cuneta, y Toño en el suelo, sin poer mover un remo, tan y mientras el señor Juan le dicía con acento enfureció:
—Eso que tú has jecho no se jace; los hombres no pelean sino como Dios manda; ¿y si yo ahora te diera lo que te mereces?