—Démelo osté; máteme osté, mostramo; máteme osté, poique si hoy me ha faltao la puntería otro día me pué no faltar...
—Anda y alevántate y vete, y otra vez no jechas tanta pólvora, poique con tanta pólvora no se le da un tiro a un cerro.
Y diciendo esto, él mesmito alevantó al Toño, y le volvió las espaldas, tan tranquilo como si detrás tuviera una pareja de la benemérita.
—¿Y el Pastañeta?
—Pos el Pastañeta se queó mirándolo y mirándome como atontao; endispués recogió la escopeta y el cuchillo, y de pronto, cuando ya el Rumboso iba a montar, tira la jerramientas y se va pa el viejo, y baja los ojos, y le dice como si de pronto se hubiera vuelto tartamúo:
—Mostramo, perdóneme osté; pero yo estoy loco, yo estoy desesperaíto; yo soy un probe, yo no tengo más calor en el mundo que mi Rosalía, y quitarme a mí mi Rosalía es sacarme el corazón del pecho, y es darme garrote vil, y es...
Y al decir esto se le llenaron los ojos de lágrimas como puños; y miren ustedes, a mí también se me mojaron las parpagueras, poique la verdá es que aquello lo dijo el mozo de un móo... Ya ven ostedes cómo lo diría, que el Rumboso le tendió la mano y le dijo:
—Pedazo e bruto que eres, ¿poiqué no has hablao asín antes? ¿No comprendes tú que desde el punto y hora en que tú quisiste que me fuera a rumbo de valentía, yo no podía dirme, y que necesitaba antes de dirme probarte a ti y a tó el mundo que me iba poique me daba la gana, poique yo no le hago a naide estorsiones, y además que yo no estoy tan loco que quiera casarme con una jembra prendá de otro hombre? ¿Tú no comprendías eso, peazo de bruto que eres, tú no lo comprendías?
Y ná, que se dieron las manos, y que se fué Toño y que yo acompañé un ratico al Rumboso y que me he venío tó el camino diciendo: «Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley», y lo he venío diciendo con tó el metal de mi voz y con toas las veritas de mi alma.
Y momentos después humeaba el sabroso contenido de la olla en el enorme barreño donde la hubo de volcar la tía Tomasa, y sentábanse todos alrededor de la reducida mesa, a la oscilante luz de un enorme candil suspendido del alero de la chimenea, donde entre ramos de verde romero brillaban, como si fuesen de oro, las grandes calderas y los limpísimos peroles.