Pasó dulcemente una mano por debajo del cuello y desabrochó el cierre. Al ir a retirarla, sus dedos tropezaron debajo de la almohada con una hoja de papel. La cogió inconscientemente, sin darse cuenta. Ella no se movió. Fué al gabinete a dejar el collar y, por curiosidad, miró el papel: medio pliego de cartas escrito con lápiz.
«Mi alma:
Una convulsión nerviosa le cerró los ojos.
Los volvió a abrir.
«Mi alma: Te escribo estas dos líneas aprovechando un momento en que me dejan sola. Estoy muy mala. Sé que nunca más me volverás a ver. Esta es la única pena que tengo: morirme sin...»
No decía más.
Se llevó una mano a los ojos y con la otra se apoyó en una silla, porque todo su cuerpo vacilaba. Así estuvo mucho tiempo, mucho. Luego, lentamente, volvió a la alcoba. A medida que avanzaba hacia el lecho, se le aceraban las pupilas y las manos se le crispaban como garras de presa; tremolaron un segundo sobre la cabeza de Paulina y en seguida se estrujaron, enlazadas con ademán de desesperación y de impotencia. Ella no se había movido. Dormía dulcemente, reposadamente.
De pie junto a la cama, la miró largo rato. Al suave resplandor del globo azul colgado de la cabecera estuvo contemplando los bucles desrizados y marchitos, los párpados translúcidos, las ojeras amoratadas y profundas, los labios secos, incoloros y exangües; las manchas cárdenas de la piel, lustrosas aun de sudor. Una carcajada infantil resonó en el pasillo, y pasaron los niños retozando.
Abrió muy despacio la puerta y, con ademán imperioso, les impuso silencio:
—¡Chisss...! Mamá está dormida. No hagáis ruido.