—No te ha traído ninguno porque éste es para ti. Para ti, ángel mío. Tú le llevarás cuando yo me muera.

—Bueno; pero como tú no te vas a morir...

Ella no contestó. Un gesto doloroso crispó toda su cara, y se le llenaron de lágrimas los ojos. Joaquín cogió a los niños y los puso dulcemente en el pasillo.

—Id a la cocina y decid a Juana que os dé de merendar.

Luego, al ver que Paulina seguía sollozando:

—Pero, nena, por Dios, no seas así... no te pongas así... ¿No comprendes que te perjudicas? Te excitas, te emocionas, viene la fatiga y...

Paulina seguía llorando. Se inclinó sobre ella y la besó en los ojos con caricias de inefable ternura.

—Mi nenita... ¡mi nena!... Vamos, ¿lo ves?... ¿Lo ves?... ¡Si ya lo sabía yo!

Fue tremendo el ataque; tan violento que, a pesar de estar él acostumbrado a presenciarlos, hubo un instante en que perdió la serenidad y se asustó, creyendo que era el último. Afortunadamente, la digital y el cloruro de etilo surtieron sus efectos, y el ataque pasó; aclaróse la vidriosidad de las pupilas; cesaron las violentas sacudidas crispantes, los saltos descompasados del corazón y el ronco silbar de la garganta. Quedóse de cara a la pared, bañada en sudor, aniquilada, destrozada, rendida. El, conmovido, la miraba en silencio. Luego, al cabo de un rato:

—¿Quieres que te quite el collar? Te molesta, ¿verdad?