Para fumar un cigarro y para que ella no viese que las lágrimas le llenaban los ojos. Cruzó el gabinete, abrió el balcón y se acodó en la barandilla. Sobre la línea recta y dura de los tejados de la casa de enfrente, la tarde comenzaba a morir en un crepúsculo de color de malva de una diafanidad imponderable. A lo lejos, por el andén del bulevar, unas niñas venían cantando enlazadas del talle. Ennoblecida por la distancia, sonaba la canción melancólica y triste:
—¿Dónde vas, Alfonso doce,
dónde vas, triste de ti?
—Voy en busca de Mercedes,
que ayer tarde no la vi.
La canción infantil se metió como un puñal en su corazón dolorido. También él, dentro de poco, no vería más a su Paulina. ¡Qué horror!... ¡Qué pena! Morir en plena juventud, cuando con más ansia se ambiciona la vida... Morir a los treinta años, ¡tan bonita, tan buena, tan adorada, tan feliz!... Alzó los ojos, y turbios de llanto los clavó en la serenidad del crepúsculo.—¡Señor, Señor, qué te hemos hecho para que nos trates así! ¡Por qué no me eliges a mí y la salvas a ella! ¿Por qué te complaces en segar las vidas en flor?
Desde que se dió cuenta de la gravedad de su mujer, todos los días, en sus oraciones, elevaba a Dios la misma súplica. Mas Dios no la atendía. El, a pesar de sus cincuenta años, de su vida de luchador, ajetreada y dura, cada vez estaba más fuerte, más robusto, más lleno de salud; y, en cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y consentida, tenía en el pecho un corazón que no servía para nada, un corazón inútil que se iría a romper cualquier momento como una figurita de biscuit. Los médicos se lo habían dicho leal y rudamente. Todo es inútil. No se puede hacer nada. No queda más que resignarse y esperar.
Y así llevaba esperando dos años, viéndola vivir artificialmente a fuerza de tónicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos ataques de disnea; contemplando con horror cómo aumentaba la hinchazón del cuerpo, cómo se embotaba la sensibilidad, cómo se abría la piel en llagas espantosas. Así llevaba dos años, rodeándola de cuidado y de mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emoción violenta y sensación desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, día tras día, con tenacidad piadosa, el engaño sutil de una mentira que ella se negaba a aceptar.—No, Joaquín, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho más mala de lo que creéis.
Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la realidad. Eran los nenes, que habían vuelto del colegio y entraban a besar a su madre. Joaquín cerró el balcón y fué a verlos. Joaquinito, el pequeño, se había encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba. Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar.
—¡Qué bonito! Dí, mamá, ¿te le ha traído papá?
—Sí, ángel mío.
—¿Y a mí no me ha traído ninguno?
Paulina alzó la mano y sus dedos hinchados y torpes acariciaron los cabellos dorados de la niña.