Y como ella moviese la cabeza con ademán de desaliento, agregó vivamente, temblorosa la voz de amor y de ternura:—Tontina, si no creyese que le ibas a lucir, ¿te le compraría? Ven acá, te le voy a poner. Verás qué lindo.—Y, en efecto, él mismo se lo puso, cerró el broche y fué a buscar un espejo para que se mirase.—¡Eh! ¿Qué tal?

—Muy lindo.

Acodada sobre las almohadas, el espejo en la mano, se estuvo contemplando mucho tiempo. Separó con los dedos algunos bucles desrizados que le caían sobre la frente y se mordisqueó los labios exangües y descoloridos.

—¡Qué pálida estoy!

—Es la luz, nena.

—Por Dios, no digas... Estoy horrible. Parezco una muerta.—Dió un gran suspiro, tiró el espejo y se dejó caer sobre la almohada.—Estoy muy mala, Joaquín. Vosotros no me queréis creer, no me hacéis caso y yo estoy muy mala.

El, conmovido, la miró en silencio. Luego, de pronto:

—Oye, está una tarde magnífica; no hace nada de frío. ¿Quieres que abra un momento el balcón?

—Sí, abre un poquito, para que se ventile. Huele mal, ¿verdad?

—No, nenita, no es eso. No huele más que a etilo, y ya sabes que a mí este olor no me disgusta. Me sabe a plátanos y a ilang-ilang. Era para fumar un cigarro.