—Creí que dormías.

—No.

—¿Cómo estás?

—Parece que mejor. No tengo fatiga. He podido descansar un ratito.

—Naturalmente, mujer, y te pondrás muy pronto buena. Roldán me dijo ayer que estás en franca mejoría. Lo que hace falta es que no seas aprensiva, que te animes. Es necesario que pongas de tu parte un poquito de buena voluntad.

—¡Voluntad! ¡Ay, si con la voluntad se pudiera vivir!

—Vamos, no seas tonta; no quiero verte así.—Dió luz al globo de cristal que colgaba sobre la cabecera y se sentó en el borde de la cama.—Te he comprado una cosa, una sorpresa, ¿sabes? ¿Qué me das si te gusta?

—Pobrecita de mí, ¡qué quieres que te dé!

—Un poco de alegría. Yo con verte reir tengo bastante.—Sacó el estuche del bolsillo y la entregó el collar. Ella, al verle, dió un grito de contento y lo cogió con sus manos febriles.—¡Ay, qué lindo! ¡Qué bonito!... ¡Qué cosa más preciosa!—Mas en seguida, con una brusca transición, cambió de tono:—Pero, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te gastas el dinero en esto? ¡Yo para qué lo quiero, si no lo he de lucir!

—¿Que no? En cuantito que te pongas buena.