—Para usted 1.200 pesetas.
—¿Precio fijo?
El dueño de la tienda intervino.
—A un cliente como usted, don Joaquín, no se le pide en esta casa más que lo justo. Es usted bastante inteligente para que haya necesidad de hacer el artículo. De todos modos, usted se le lleva, le manda tasar, y con arreglo a la tasación me da usted lo que guste.
—Es que, además, no las llevo encima.
—Usted se pasa por aquí cuando quiera. No hay prisa ninguna.
Salió muy contento, satisfechísimo de la compra. Llegó a casa, y en la misma puerta preguntó a la doncella que le salió a abrir:
—¿Cómo está la señorita?
—Bien; muy tranquila toda la tarde. Hace poco se quedó dormida.
Entró de puntillas en la alcoba y dilatando las pupilas para orientarse bien en la penumbra llegó pausadamente hasta la cama y se inclinó sobre la enferma. Al roce imperceptible de la ropa, Paulina abrió los ojos.