—Era de mi señorita.

—¿Y qué fué de su señorita?—dije con la mayor ansiedad.

—¡Ah! ¿Usted la conocía?—repuso la mujer.—Era muy buena, ¿verdá usté?

—¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello?

—De modo que usted está enterado, usted tiene noticias...

—Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te... pues. Y diga usted, ¿murió la señora?

—¡Ah! Sí, señor: está en la gloria.

—¿Y cómo fué eso? La asesinaron, o fué a consecuencia del susto.

—¡Qué asesinato, ni qué susto!—dijo con expresión burlona.—Usted no está enterado. Fué que aquella noche había comido no sé qué, pues... y le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer.

—Bah—pensé yo—ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del veneno, o no quiere darse por entendida.