Después dije en alta voz:

—¿Con que fué de indigestión?

—Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «Señora: no coma usted esos mariscos»; pero no me hizo caso.

—Con que mariscos, ¿eh?—dije con incredulidad.—Si sabré yo lo que ha ocurrido.

—¿No lo cree usted?

—Sí... sí—repuse aparentando creerlo.—¿Y el Conde, su marido, el que sacó el puñal cuando tocaba el piano?

La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias barbas.

—¿Se ríe usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente son. Ya se ve: como habrá causa criminal...

—Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.

—¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, a quien el mayordomo Mudarra...