Sala en el palacio de la duquesa Isabela.
LA DUQUESA Y CELIA
CELIA (Mirando por una ventana.)
¡Es increíble, señora! Dos días con dos noches lleva ese caballero delante de nuestras ventanas.
DUQUESA
¡Necio alarde! Si a tales medios debe su fama de seductor, a costa de mujeres bien fáciles habrá sido lograda... ¿Y ese es Don Juan, el que cuenta sus conquistas amorosas por los días del año? Allá en su tierra, en esa España feroz, de moros, de judíos y de fanáticos cristianos, de sangre impura abrasada por tentaciones infernales, entre devociones supersticiosas y severidad hipócrita, podrá parecer terrible como demonio tentador. Las italianas no tememos al diablo. Los príncipes de la Iglesia romana nos envían de continuo indulgencias rimadas en dulces sonetos a lo Petrarca.
CELIA
Pero confesad que el caballero es obstinado... y fuerte.
DUQUESA
Es preciso terminar de una vez. No quiero ser fábula de la ciudad. Lleva recado a ese caballero, de que las puertas de mi palacio y de mi estancia están francas para él. Aquí le aguardo, sola... La duquesa Isabela no ha nacido para figurar como un número en la lista de Don Juan.