—Para mí la única valedera—respondió el hombre, que presentía no valen las razones, sino el valor que se las da.

Y una mañana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a mejor percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro como de cosas olvidadas. El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era una criatura de horas. Quedóse mirando, y su corazón parecía sentir, no ya el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una caza que me ha deparado el destino!, pensó.

Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera, subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamó quedamente varias veces.

—Aquí traigo esto—le dijo al ama de llaves.

—Y eso, ¿qué es?

—Parece un niño.

—¿Parece sólo?

—Lo dejaron a la puerta de la calle.

—¿Y qué hacemos con ello?

—Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está, ¡criarlo!