—¿Quién?

—Los dos.

—¿Yo? ¡Yo, no!

—Buscaremos ama.

—¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello!

—¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no!

—En fin, usted manda.

Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y pronto el médico de Don Rafael encontró una buena nodriza: una chica soltera que acababa de dar a luz un niño muerto.

—Como nodriza, excelente—le dijo el médico—, y como persona, ya ves, un desliz así puede ocurrirle a cualquiera.

—A mí no—contestó con su sencillez característica Don Rafael.