Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras duró aquello hizo Don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su mismo cuarto. «Pero señorito—dijo ella—, cómo quiere usted que yo duerma allí...» «Pues muy sencillo—contestó él, con su sencillez acostumbrada—, ¡durmiendo!»

Porque para aquel hombre todo sencillez, era sencillo todo.

Por fin el médico dió por salvado al niño.

—¡Salvado!—exclamó Don Rafael con el corazón desbordante, y fué a abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo.

—Sabes una cosa—le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al niño que sonreía en floración de convalecencia.

—Usted dirá—contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope.

—Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no a Tucumán, y ya que somos yo padre y tú madre, cada uno a su respecto, del mismo hijo, nos casemos y asunto concluído.

—¡Pero, D. Rafael!—y se puso en grana.

—Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos...

El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos—¡qué más da!—aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan.