La casa no tenía balcones, sino sólo ventanas, y éstas abiertas en la pared sin simetría alguna; quizás esto era debido a que algunas de ellas estaban tapiadas.

Al pasar en el tren o en el coche de las provincias del Norte, ¿no habéis visto casas solitarias que, sin saber por qué, os daban envidia? Parece que allá dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia dulce y apacible; las ventanas con cortinas hablan de interiores casi monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcas y cómodas de nogal, de inmensas camas de madera; de una existencia tranquila, sosegada, cuyas horas pasan lentas, medidas por el viejo reloj de alta caja que lanza en la noche su sonoro tic-tac.

La casa del boticario era de éstas: en el jardín se veían jacintos, heliotropos, rosales y enormes hortensias que llegaban hasta la altura de los balcones del piso bajo. Por encima de la tapia del jardín caían como en cascada un torrente de rosas blancas, sencillas, que en vascuence se llaman choruas (locas) por lo frívolas que son y por lo pronto que se marchitan y se caen.

Cuando Elizabide el Vagabundo fué a casa de su hermano, ya con más confianza, el boticario y su mujer, seguidos de todos los chicos, le enseñaron la casa, limpia, clara y bien oliente; después fueron a ver la huerta, y aquí Elizabide el Vagabundo vió por primera vez a Maintoni, que, con la cabeza cubierta con un sombrero de paja, estaba recogiendo guisantes en la falda del delantal. Elizabide y ella se saludaron fríamente.

—Vamos hacia el río—le dijo a su hermana la mujer del boticario.—Diles a las chicas que lleven el chocolate allí.

Maintoni se fué hacia la casa, y los demás, por una especie de túnel largo formado por perales que tenían las ramas extendidas como las varillas de un abanico, bajaron a una plazoleta que estaba junto al río, entre árboles, en donde había una mesa rústica y un banco de piedra. El sol, al penetrar entre el follaje, iluminaba el fondo del río y se veían las piedras redondas del cauce y los peces que pasaban lentamente brillando como si fueran de plata. La tarde era de una tranquilidad admirable; el cielo azul, puro y tranquilo.

Antes del caer de la tarde las dos muchachas de casa del boticario vinieron con bandejas en la mano trayendo chocolate y bizcochos. Los chicos se abalanzaron sobre los bizcochos como fieras. Elizabide el Vagabundo habló de sus viajes, contó algunas aventuras, y tuvo suspensos de sus labios a todos. Sólo ella, Maintoni, pareció no entusiasmarse gran cosa con aquellas narraciones.

—Mañana vendrás, tío Pablo, ¿verdad?—le decían los chicos.

—Sí, vendré.

Y Elizabide el Vagabundo se marchó a su casa y pensó en Maintoni y soñó con ella. La veía en su imaginación tal cual era: chiquitilla, esbelta, con sus ojos negros, brillantes, rodeada de sus sobrinos, que le abrazaban y le besuqueaban.