Como el mayor de los hijos del boticario estudiaba el tercer año del bachillerato, Elizabide se dedicó a darle lecciones de francés, y a estas lecciones se agregó Maintoni.
Elizabide comenzaba a sentirse preocupado con la hermana de su cuñado, tan serena, tan inmutable; no se comprendía si su alma era un alma de niña sin deseos ni aspiraciones, o si era una mujer indiferente a todo lo que no se relacionase con las personas que vivían en su hogar. El vagabundo la solía mirar absorto.—¿Qué pensará?—se preguntaba. Una vez se sintió atrevido, y la dijo:
—¿Y usted no piensa casarse, Maintoni?
—¡Yo! ¡casarme!
—¿Por qué no?
—¿Quién va a cuidar de los chicos si me caso? Además, yo ya soy nesca-zarra (solterona)—contestó ella riéndose.
—¡A los veintisiete años solterona! Entonces yo, que tengo treinta y ocho, debo de estar en el último grado de la decrepitud.
Maintoni a esto no dijo nada; no hizo más que sonreir.
Aquella noche Elizabide se asombró al ver lo que le preocupaba Maintoni.
—¿Qué clase de mujer es ésta?—se decía.—De orgullosa no tiene nada, de romántica tampoco, y sin embargo...