—¿Y vuestra merced es el que estaba en las Indias?—preguntó la vieja a Elizabide, encarándose con él.
—Sí; yo era el que estaba allá.
Como habían dado las diez, y a esta hora empezaba la Misa mayor, no quedaba en casa más que la vieja. Todos se dirigieron a la iglesia.
Antes de comer, el boticario, ayudado de su cuñada y de los chicos, disparó desde una ventana del caserío una barbaridad de cohetes, y después bajaron todos al comedor. Había más de veinte personas en la mesa, entre ellas el médico del pueblo, que se sentó cerca de Maintoni, y tuvo para ella y para su hermano un sin fin de galanterías y de oficiosidades.
Elizabide el Vagabundo sintió una tristeza tan grande en aquel momento, que pensó en dejar la aldea y volverse a América. Durante la comida, Maintoni le miraba mucho a Elizabide.
—Es para burlarse de mí—pensaba éste.—Ha sospechado que la quiero, y coquetea con el otro. El golfo de Méjico tendrá que ser otra vez conmigo.
Al terminar la comida eran más de las cuatro; había comenzado el baile. El médico, sin separarse de Maintoni, seguía galanteándola, y ella seguía mirando a Elizabide.
Al anochecer, cuando la fiesta estaba en su esplendor, comenzó el aurrescu. Los muchachos, agarrados de las manos, iban dando vuelta a la plaza, precedidos de los tamborileros; dos de los mozos se destacaron, se hablaron, parecieron vacilar, y descubriéndose, con las boinas en la mano, invitaron a Maintoni para ser la primera, la reina del baile. Ella trató de disuadirles en vascuence: miró a su cuñado, que sonreía; a su hermana, que también sonreía, y a Elizabide, que estaba fúnebre.
—Anda, no seas tonta—le dijo su hermana.
Y comenzó el baile con todas sus ceremonias y sus saludos, recuerdos de una edad primitiva y heroica. Concluído el aurrescu, el boticario sacó a bailar el fandango a su mujer, y el médico joven a Maintoni.