Obscureció: fueron encendiéndose hogueras en la plaza, y la gente fué pensando en la vuelta. Después de tomar chocolate en el caserío, la familia del boticario y Elizabide emprendieron el camino hacia casa.

A lo lejos, entre los montes, se oían los irrintzis de los que volvían de la romería, gritos como relinchos salvajes. En las espesuras brillaban los gusanos de luz como estrellas azuladas, y los sapos lanzaban su nota de cristal en el silencio de la noche serena.

De vez en cuando, al bajar alguna cuesta, al boticario se le ocurría que se agarraran todos de la mano, y bajaban la cuesta cantando:

Aita San Antoniyo Urquiyolacua. Ascoren biyotzeco santo devotua.

A pesar de que Elizabide quería alejarse de Maintoni, con la cual estaba indignado, dió la coincidencia de que ella se encontraba junto a él. Al formar la cadena, ella le daba la mano, una mano pequeña, suave y tibia. De pronto, al boticario, que iba el primero, se le ocurría pararse y empujar para atrás, y entonces se daban encontronazos los unos contra los otros, y a veces Elizabide recibía en sus brazos a Maintoni. Ella reñía alegremente a su cuñado, y miraba al vagabundo, siempre fúnebre.

—Y usted, ¿por qué está tan triste?—le preguntó Maintoni con voz maliciosa, y sus ojos negros brillaron en la noche.

—¡Yo! No sé. Esta maldad de hombre que sin querer le entristecen las alegrías de los demás.

—Pero usted no es malo—dijo Maintoni, y le miró tan profundamente con sus ojos negros, que Elizabide el Vagabundo, se quedó tan turbado, que pensó que hasta las mismas estrellas notarían su turbación.

—No, no soy malo—murmuró Elizabide—; pero soy un fatuo, un hombre inútil, como dice todo el pueblo.

—¿Y eso le preocupa a usted, lo que dice la gente que no le conoce?