—¡Oh, Maintoni! ¿De veras? ¿No me rechazaría usted?
—No; al revés.
—Entonces... ¿me querrás como yo te quiero?—murmuró Elizabide el Vagabundo en vascuence.
—Siempre, siempre...—Y Maintoni inclinó su cabeza sobre el pecho de Elizabide y éste la besó en su cabellera castaña.
—¡Maintoni! ¡Aquí!—le dijo su hermana, y ella se alejó de él; pero se volvió a mirarle una vez, y muchas.
Y siguieron todos andando hacia el pueblo por los caminos solitarios. En derredor vibraba la noche llena de misterios; en el cielo palpitaban los astros. Elizabide el Vagabundo, con el corazón anegado de sensaciones inefables, sofocado de felicidad, miraba con los ojos muy abiertos una estrella lejana, muy lejana, y le hablaba en voz baja...
La epopeya de una zíngara.
(DICENTA)
LA EPOPEYA DE UNA ZÍNGARA