La zíngara respondió al llamamiento, dirigiéndose precipitadamente al sitio que ocupaba el muchacho.

—¿Qué quieres, hijo mío?—murmuró, dejando al niño de pecho junto a su hermano dormido, y rodeando con sus brazos la garganta del enfermo.

—Agua—respondió éste.—Dame agua... tengo mucha sed...; ¡me quema aquí!

Y señalaba con un dedo su pecho tembloroso y desnudo.

—¡Agua!—gritó la madre con espanto.—¡Agua!... ¿Dónde encontrarla, hijo?

—¡Agua!—repuso el niño.—¡Me muero de sed!...

Y entreabría sus labios abrasados por la fiebre, y miraba a su madre con miradas tan suplicantes, tan llenas de amargura, que ésta se puso pálida y rompió en sollozos.

Era su hijo, la carne de su carne, el que reclamaba un socorro del que dependía acaso su existencia; y ella, su madre, no podía prestárselo; en vano registró con ansia en el interior del cantaruelo; estaba vacío, no quedaba ni una gota de agua en su fondo; la mujer miró al cielo, en el cielo no había una nube; registró después el camino solitario, los campos de trigo, las planicies, las praderas, el horizonte entero; en fin, ¡nada!, no encontró nada. Aquella tierra sedienta parecía decir a la zíngara, mostrándole sus fauces contraídas y secas: «¿Agua para tu hijo?... Aquí no hay agua para nadie. ¡Que se muera de sed como yo!» Y la zíngara, abrazando el cuerpo del muchacho, repetía con gesto de fiera y ademán de loca:

—¡No hay nada! ¡no puedo darte nada! ¿Dónde voy a encontrar ahora agua, hijo mío?...

¡Pobre mujer!... Allí no brotaba más que un manantial: el de su llanto.