De pronto la zíngara sonrió, con una sonrisa de esperanza; a cuatro pasos del grupo alzábase la caseta de un peón caminero; su puerta cerrada, como sus ventanas, predecía la ausencia del dueño; pero acaso estaría dentro alguien que pudiera atender sus súplicas, y la joven golpeó nerviosamente aquella puerta inmóvil. Sus afanes fueron inútiles; nadie vino en su auxilio tampoco.

Rendida de llamar, sin saber lo que hacía, dió vuelta a los muros, y cuando llegaba a la espalda de la casa, vió con placer y con asombro, recostada contra la tapia y protegida por la sombra de ésta, una cazuela llena de agua. La mujer miró esto; pero no pudo mirar—a tal extremo la cegaban la sorpresa y el júbilo—que al mismo tiempo que ella, y movido por iguales deseos, se dirigía hacia el cacharro un mastín enorme, con el pelo erizado, la boca abierta, la baba colgando y los ojos codiciosos y brillantes.

Al distinguir a la mujer, el perro lanzó un gruñido; la zíngara levantó la cabeza, y comprendiendo las intenciones del animal, apresuró el paso; uno y otra llegaron a la vez al lado del cacharro, y se detuvieron un instante para contemplarle en ademán de desafío; la mujer extendió el brazo, y su enemigo, al advertir el movimiento, acortó distancia y se puso delante de la cazuela con las pupilas encendidas y enseñando los dientes.

No pensaba en huir; hallábase dispuesto a defender aquel cacharro lleno de agua.

—¡Ah, tú también!—gritó la zíngara contemplando a su adversario con rabia.—¡Pues no lo tendrás!

Y descargó un vigoroso puñetazo sobre el hocico del mastín.

Este dió un salto, apoyó sobre el pecho de la joven sus patas delanteras, la obligó a caer al suelo e hizo presa en su hombro. La zíngara lanzó un grito de dolor y de furia; y, sin acobardarse, frenética, desesperada, cogiendo con ambas manos la garganta de su enemigo, apretó con rabia, con ira, con frenesí, con heroico y brutal arranque, mientras el perro la desgarraba el hombro con sus afilados colmillos.

La lucha siguió breves instantes empeñada, silenciosa, terrible; los dos combatientes se revolcaban por el suelo, dispuestos a vencer, y procurando conseguirlo, para lo cual clavaba el perro sus colmillos en los hombros de la mujer, y clavaba ésta sus dedos en la musculosa garganta del mastín...

De pronto el perro exhaló un quejido doloroso, abrió la boca, y cayó de espaldas. Los dedos de la zíngara lo habían ahogado.

Esta se alzó del suelo jadeante, pálida; su corpiño, roto en jirones, dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, en los que aparecían tres heridas anchas y profundas; por los labios de aquellas heridas brotaban tres hilos de sangre.