Y el otro Rey, etíope. Es negra su tez como la endrina, pero elegante el cuerpo y nobles las facciones, alta la frente, aguileña la nariz, muy rojos los labios, puntiaguda la barba, muy blancos los ojos y los dientes, rizo y menudo el cabello, como granos de pimienta. Ciñe un vestido blanco, de graciosos pliegues, y es nevada también la xema o toga que luce, con tornasoles de oro. Trae al cuello desnudo una sarta de corales, y a la cintura, en el verde tahalí, un cuchillo con el puño de oro y esmeraldas.
Vienen los tres Reyes en sendos caballos, negro, blanco y alazán. Sígueles larga servidumbre, con camellos y acémilas, y un carro, lleno de pródigos caudales.
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Como en el ancho desierto, cuando sopla el simún, se levantan las arenas y, en espantosos torbellinos, giran ardientes, azotan el aire, obscurecen el sol y caen sobre las pobres caravanas que, unidas en un haz, esperan temblando hallar en las arenas sepultura, así, de pronto, una nube de soldados, hirviente y clamorosa, con ímpetus de simún, llega por trochas y veredas a la ciudad en llamas y cae sobre los tres Reyes peregrinos.
Cercados por la tropa, que ya husmea el regio botín, presa de un ejército alegre y victorioso, van, con mengua de su noble majestad, cautivos entre lanzas y fusiles, a las tiendas del vencedor.
El cual, un viejo adusto y orgulloso, de recios bigotes blancos, y envuelto en una capa gris, los recibe, sin grande cortesía, en su habitación de campaña, toda llena de planos y mapas de colores, erizados de banderitas y alfileres.
—¿Quiénes sois vosotros—dice arrogante el general—que así os atrevéis a pasar las líneas de batalla? ¿Ignoráis, acaso, que en estas líneas no puede, sin grave riesgo, entrar gente forastera y civil? ¿Quiénes sois vosotros, simples o traidores, que con tanta llaneza osáis venir con armas y mercancías a estos lugares prohibidos? ¿Qué documentos, qué razones abonan vuestra audacia? ¿Sabéis el castigo que aquí se inflige a los espías? Hablad pronto, extranjeros; decidme quiénes sois y de dónde venís; mostradme pasaportes y papeles, y agradeced a esta cruz que llevo sobre el pecho que no os aplique, sin más preguntas ni demoras, el fallo inexorable de nuestra ley marcial...
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—¿No me conocéis?—responde el rey anciano.—Es mi nombre Melchor. Soy del Irán, del antiguo y famoso imperio que abatió los orgullosos bríos de Babilonia, reina de las ciudades. Vengo del sacro Elburs, padre de los ríos terrestres, cuyas aguas vivas devuelven la juventud y resucitan a los difuntos. He llegado hasta aquí, al través de montañas y desiertos, cruzando las llanuras de la implacable soledad, las arenas crueles y los pantanos salobres, pero, merced a mis fatigas, traigo inciensos y bálsamos y perfumes de la Ciudad de las Rosas, de los jardines de Tiharán; paños de seda, más finos que el plumón de un ave, sembrados de arabescos y de flores, de leopardos y gacelas; perlas de Ormuz; tisúes de oro y plata, cojines y alcatifas de los bazares de Chiraz... Voy en busca de las tierras apacibles donde reina la paz del Señor, de Aquel que, niño y pobre, nació en un establo de Belén...
—Yo soy Gaspar—dice el segundo rey.—Vengo del Eufrates y el Tigris, de los bosques gigantes de palmeras, vecinas del mar y del desierto, de las tierras gloriosas y milenarias llenas de ruinas y sepulcros, de los osarios imponentes de la historia, de las ciudades muertas, que aun fatigan al mundo con el eco sonoro de sus nombres. Vengo de Basora y Bagdad, donde aprendí los cuentos de las Mil y una noches; puse a mi tienda entre los pálidos ladrillos de Khorsabad y de Nínive, de Babilonia y de Seleucia: cargué mis camellos de oro antiguo, de reliquias sagradas, magníficos despojos de los reyes de Siria; traje también yeguas de pura sangre arábiga y asnos blanquísimos, todos cargados de riquezas...