—Soy Baltasar—dice el rey negro.—Yo tengo mi palacio junto a las aguas del Nilo Azul que salta y corre entre lagos, volcanes y torrentes, al través del hielo de las cumbres y el fuego de los desiertos y los cráteres. Negro soy porque el sol me abrasó desde la cuna en las tierras bárbaras y esplendorosas de Etiopía. Crucé el Mar Rojo; pasé al Yemen, a la Arabia Feliz; seguí las rutas de la Meca, de Medina y Jerusalén; el camino glorioso de Damasco; hallé los tesoros de las antiguas reinas, la de Palmira y la de Saba; dormí a la sombra de los cedros del Líbano; bañé mi rostro en el Jordán, y vengo a Europa cargado de púrpuras y marfiles, de piedras y maderas preciosas, añejos licores, sándalos, mirras y cinamomos exquisitos, con ofrendas mil para los niños cristianos, para aquellos que aprendieron en la cuna el dulce nombre de Jesús...
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Con muchas y siniestras carcajadas celebran en el campamento las razones de los Reyes Magos.
—Por fuerza sois—dice un príncipe grave y taciturno que acompaña al general—unos dementes o unos grandísimos socarrones cuando venís hogaño en disfraz de ingenuos y candorosos peregrinos, con aires de beatitud y de leyenda, a este mundo senil despedazado por el hierro y por el fuego. La culta, la cristiana Europa, maestra de cobardes hipocresías; la que destruye a sus propios hijos en nombre de la civilización, del derecho y de la libertad; la que puso una cruz en sus banderas y otra en el puño de sus espadas, hoy, ultrajando a Dios, se entrega a una furiosa bacanal de sangre. Ved las antorchas, las músicas y los cantos con que celebra la Navidad de Cristo: ciudades que arden, cañones que retumban, soldados que corren a la muerte lanzando gritos de odio. La paz del Señor sólo reina ya en los sepulcros. Los niños que aprendieron el nombre de Jesús, abandonan sus antiguos juegos y tienden las manos delicadas pidiendo el fusil, un fusil de veras que acierte a dar en un corazón. Ya todos saben que los Reyes de Oriente no han de venir, que aquellos Magos misteriosos y benévolos que en otras Pascuas apacibles colmaban de ofrendas los zapatitos del balcón, están ahora en las trincheras y reductos, temblorosos de frío y de nostalgia, deseando matar o morir. El acre incienso de la pólvora embriaga a los hombres, a las mujeres, a los niños; el oro se convierte en plomo, y la mirra en mortífero gas... Caminantes: si lo sois de buena fe, idos a vuestras montañas y desiertos, a los bosques de palmeras, al Nilo Azul, allá donde aun recitan al amor de la lumbre los cuentos de las Mil y una noches; huid a vuestras tierras bárbaras y remotas, y si es que allí, como creo, entraron también las Furias de la discordia y de la muerte, id a otras tierras todavía más salvajes, más escondidas y felices, donde jamás se oiga la palabra civilización, donde, a lo menos, se maten los hombres francamente, con el sano y desnudo valor de su barbarie, sin decir que se matan por la justicia y el derecho.
—Idos, sí—confirma el general,—pues a lo que veo sois hombres de bien. Pero quédense aquí vuestros bagajes y preseas, vuestros caballos y tesoros, a fin de que no caigan en manos del enemigo. Tornad a vuestras tierras, como Dios os diere a entender, que harto salváis con salvar vuestras vidas en estos infiernos de la Europa civilizada...
Y los Reyes Magos, pobres y desnudos, como el divino Infante de Belén, se van para siempre, tristes y cabizbajos, haciendo voto de no volver a este mundo por todos los siglos de los siglos.