Llegó el día de la prueba; el día temido y deseado en que Apolinar tenía puestos todos los grandes anhelos de su vida. Antes que el canticio de los gallos sonaron las campanas de la torre con un repique de gloria, de alegría, como voces de un coro nupcial que celebrase las bodas del cielo y de la tierra.
No pudo Lucía convencer a su padre de que, al menos aquel día, debiera pasarlo con la chaqueta puesta.—Me ajogaría.—Y por parecerle esta razón de suficiente peso, no daba otra. Con orgullo hereditario cubría su busto de oso polar con limpísima camisa de lienzo, por entre la cual se desbordaba la cresta pelambre como maceta frondosísima. Cuando entró Apolinar, ya estaban allí el primo Clímaco y la hermana Bella con su dilatada prole, los trabajadores de la casa y varios vecinos, atraídos por aquellos olores de cocina y fritanga, fieros despertadores de la gula.
—Que los tenga usted muy felices, tío Juan y la compaña.
—Apolinar, tantas gracias, y lo mesmo digo.
—Vaya, aquí tiene usted la gallinaza de hoy, que parece un bruño.
Y sin pedir permiso, fuese a la cuadra y trajo un brazado de amapolas, que tiró al suelo.
—Tío Juan, eche usted cuenta.
Y más ágil que un pájaro, doblóse y pescó un manojo de hierba en flor que le caía sobre el pecho como una llama.
—Si usted quiere, me la como.
—No tienes que comerla. El toque está en trincarla.