—Lucía, coge el ascua más grande que haya en la hornilla: hala, ya está. Tío Juan, encienda usted su cigarro, y si quiere liar otro, por mí no hay apuro: que ni me meneo, ni bailo, ni soplo, ni sacudo... ¡Como que tengo aquí un callo que parece una onza de oro!

—Ya está. Ahora... justo, las tres cosas. Ahora, tú, Lucía, abraza a este bruto.

El bruto no esperó a Lucía; él la abrazó con toda su fuerza.

—Tío Juan, ¿de veras que es para mí?

—Para ti, cernícalo. Y dale gracias al gallo que te curó; porque ni yo tengo dolor de ijares ni cosa que se le parezca.

—¿Entonces?...

—No seas borrico—dijo Lucía.—Padre quería que madrugases; si no madrugas, no me abrazas.

Apolinar soltó un relincho estrepitoso; un relincho de salud, de amor, de fortaleza y de ventura.

—¿Sabéis lo que soñé esta noche?—dijo el tío Juan.—Pues que yo era el Padre Eterno, y esta mi cordera era la España, y yo se la daba a una gente nueva, recién venía no sé de aónde, con la barriga llena, los ojos relucientes, con callos en las manos y el azaón al hombro....

Un alarido triunfal hendió como dardo sonoro el aire azul de aquella serena mañana de estío. El sol, deslumbrante, caía en lluvia de oro sobre los aperos de labranza; dos mariposas de color de fuego volaban bajo el fresco toldo de pámpanos, y el alegre repique de las campanas parecía responder allá, en lo alto, al alborozo de la raza nueva, de la raza fuerte, que abría su fecundo surco de amor en la llanura humana.