DEL AUTOR
Al licenciado Alonso de las Torres.

SONETO

Dolor de los amores que se mueren
y son en nuestras almas enterrados.
Dolor de los puñales bienamados
que ya más no nos buscan ni nos hieren.
No en estos melancólicos narrares,
el fausto busques de la pompa loca.
Yo cambio ese laurel de los cantares
por la rosa del beso de una boca.
Es el dolor mayor de los dolores
el deshojar la flor de unos amores
en el jardín do fuimos sus cautivos.
Añoranza de fuente en el desierto.
Dolor de los amores que no han muerto,
y Dios nos manda que se entierren vivos.

PRIMERA PARTE

CUÉNTASE EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIÉN FUÉ LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.

En una de las más famosas y nobles ciudades de la prócer Italia, asiento de las artes y patria de los más ínclitos varones, aconteció esta rara historia que aquí se relata, y donde se muestra la ejemplaridad de los designios del Altísimo, que trae aparejada la más alta edificación así saludable para que huyan la tentación del Enemigo los que aun no pecaron, y vuelvan a la senda de la Gracia los apartados de ella.

Era, pues, en Ferrara, ciudad insigne, que había visto prender al delicado Torcuato Tasso, vate preclarísimo, y había visto también morir a aquel gallardo ingenio, príncipe soberano de los de su época, que fué el divino Ariosto, de quien pudo decirse que hubo reinas que besaron su pie, ya que egregias hermosuras y la mayor de estos últimos tiempos, como ha sido la sin par Catalina Cornaro, a quien sus paisanos los dux de la república veneta, Federico Barbarigo y Leonardo Loredano, más codiciosos que caballeros, han quitado su reino de Chipre, tuvo en ese poeta el consuelo de un amor que bien valía un trono. Y siguiendo en este relato verídico y curioso, ha de decirse, que frontera a la casa donde había muerto el Ariosto, alzábase otra suntuosísima, que bien a las claras pregonaba la elegancia y distinción de la gente principal que en ella moraba.

Estaba la tal habitada por un magistrado de uno de los más altos linajes de la ciudad, que era la magnífica señoría de Leonardo Aldobrandino, hermano de Hércules, senescal de los duques. Viudo de una señora de Pisa, tenía los ojos del alma y los del rostro puestos en su hija Renata, que era ya una doncella de diez y nueve años, más bella y fresca que las rosas de aquel gran rosal de Florencia que ha visto arder el hereje Savonarola. Sabía él que no hay mejor dueña y rodrigón para las mujeres que su propio recato, y en este punto, la virtud de Renata parecía guardarse sola. La misa de madrugada en San Lotario, oída con su padre; algún paseo por la vega de las flores al morir de la tarde, y otro rato de divertimiento con sus primas en el estrado de la casa, y siempre bajo la custodia del grave Leonardo. No perdonaba éste, en cambio, nada que dejase de adornar la gentilísima presencia de su hija; las perlerías más finas que traían los traficantes de Venecia, y los guardamacíes bordados y justillos y corseletes de seda de Persia que llevan a Ferrara los mercaderes ginoveses, nuncios del lujo y ministros del oro.

De una parte, el respeto que su alto nombre movía a todos, y de otra la seguridad de un mal fin de aventura, había librado de galanes a aquella joya ferraresa, bajo cuyas ventanas no se habían tañido músicas ni cantado sonetos. Sabíase que su padre tenía dispuesta la doncella para esposa de un caballero fabuloso. Hablábase de un grave suceso de honra que aconteció muchos años atrás a Leonardo viajando por España y hallándose en Sevilla, donde topó con un gentilhombre a quien quedó muy obligado. Era éste, español, cuatralvo en Cádiz de los galeones de nuestro prudentísimo soberano el segundo de los Filipos, que hoy asiéntanse en los cielos gozando de la bienandanza de los justos, y siendo por aquellos días acaecido el tránsito del gran monarca, apenas tomó el cetro de las Españas su hijo, nuestro actual gloriosísimo príncipe Filipo, el tercero de los de su nombre, a quien Dios Nuestro Señor dé tan larga vida como es sabio su gobierno, fué éste servido de hacer al gentilhombre su visorrey en uno de los visorreinatos que tenemos en Indias para mayor grandeza de nuestro César.

Tenía el nuevo visorrey un hijo de breve edad, que llevaba el nombre de San Miguel Arcángel, y cuando se despidieron para tornar el uno a Italia y partir el otro hacia su destino, concertaron que si Leonardo tenía alguna hija, había de ser esposa del heredero del noble español, que si la estirpe de éste no cediera a la del Infantado y Medinaceli, la del italiano era tan alta como la de los Dandolo y Colonna. Un año después nació Renata, y comunicado el suceso al visorrey, fué luego considerado su hijo, que tenía entonces no más de dos años, como esposo de la tierna Aldobrandino. Y en la traza aprobada, quedóse dicho, que tan luego como Miguel llegase a los veinte años, había de venir a Ferrara para sus bodas.