Cercana al palacio de Leonardo hallábase, y aun se halla para contento de caminantes, la celebrada hostería del Centauro, tan famosa por el arte de sus guisanderas como por las varias aventuras de amor que la han hecho tan temida de los padres y sospechosa para los maridos. Como es la mejor de la ciudad, toda la gente de calidad que viaja suele hacer en ella posada: capitanes españoles, clérigos romanos, mercaderes franceses, damas de alta condición y grandes señores detiénense en ella a su paso por Ferrara, y así es de ver el tráfago de su anchuroso patio, donde se mezclan la carroza blasonada y el carro de tráfico, el caballo del alférez y la mula del prebendado. El vino de Chianti llena con liberal abundancia los jarros de las mesas, y bajo la parra espléndida y tupida que rodea el portón, hay, como a las puertas conventuales, un congreso de pordioseros, a quienes en ciertas horas se reparte la comida sobrante. Sus aposentos son espaciosos como de la casa de un grande, y su cocina espléndida como de un monasterio de Jerónimos.
Era en el dulce morir del melancólico Octubre cuando al fenecer de una tarde arribaron dos jinetes a la hostería. Era el uno muy mozo, de gallardo y finísimo talle y rostro de ángel, y sus manos, como esas talladas en marfil que se ven en algunas iglesias de Italia y son obra del singular artífice llamado el Donatello. Cabalgaba en un potro andaluz de agradable estampa, y en su rostro marcábase cierto desasosiego y como embarazo al montar a horcajadas, que no daba muestra de grande pericia en el arte de cabalgar. Seguíale caballero en una mula un hombre viejo y recio con tipo de haber sido soldado del duque de Alba allá en sus tiempos, y de llevar ahora dignamente su oficio con algo de humildad para ser ayo, y un poco familiar para ser escudero. Tan luego como llegaban a la puerta de la hostería, hubieron de detenerse porque costera de ellos llegaba y parábase también una gran carroza cargada de cofres. Detuviéronse y vieron descender de ella tan sólo a un caballero. Era éste mozo también, aunque de más fuerte y varonil gentileza que el joven de a caballo; morena tenía la tez y negro su cabello como de un príncipe del Oriente, que no parecía sino que su padre era el sol y que asomaba por sus ojos. Gallarda y arrogante era su apostura, y su continente nobilísimo. Traía obscuro su vestido y sencillo como de viaje; solamente sobre su ferreruelo llameaba como una espada de fuego la insigne encomienda de Santiago. Entró en el zaguán, apartóse la carroza y el mozo y su viejo acompañante entraron sobre sus cabalgaduras hasta el patio de la hostería. Había llovido algo y con eso estaba escurridizo el pavimento, que era todo de guijarros, los cuales el uso continuo había hecho planos y lustrosos. Fuera ello la causa o la poca experiencia del mozo, el caso es que al ir a apearse del caballo hubo de caer éste arrodillado, y hubiese dado también con su cuerpo en el suelo el jinete, si con grande presteza no acudieran a un tiempo su escudero y el caballero de la encomienda. No se hizo mal alguno, y con esto subieron juntos a los aposentos que les destinaron, y había querido la suerte que fuesen contiguos. La igualdad de sus años, y el hallarse ambos españoles en tierra extranjera, hízoles entrar prontamente en plática y ofrecerse.—Yo me llamo don Diego de Zúñiga—dijo el del caballo—y viajo con Marcos, mi escudero. Vengo desde Toledo, y no tardaré en llegar al final de mi viaje, que es en la ilustre ciudad de Mantua, tantas veces nombrada, y he de deciros que no me llevan los negocios ni los placeres, sino un gran pesar.
—Yo soy—dijo el caballero de la encomienda—don Miguel de Guzmán. Vengo desde Indias, y llegando a Ferrara, he tocado al término de mi peregrinación. Hame traído aquí un cuidado muy grave que ya os descubriré si os detenéis aquí, y si, como pienso, hemos de ser amigos.
—Reposarme he unos días y muy de mi grado, señor don Miguel, que me obliga la merced que me hacéis de llamarme vuestro amigo—contestóle don Diego.
Y departiendo sobre su viaje y otras indiferentes materias, luego que hicieron colación, retiráronse a descansar con promesa de salir juntos al siguiente día para visitar la ciudad.
No tardó en amanecer el sol más que en saltar de sus lechos y vestirse los caballeros. Don Diego, con su traje de veludillo gris y capa aleonada, y don Miguel, que había hecho subir sus cofres, adornóse con unas cachondas de raso y un jubón de vellorí y colgó de su cuello una finísima cadena de oro con un grueso diamante que alumbraba su pecho. Salieron, y su primer visita fué para el Santísimo Sacramento, como devotos caballeros que eran, y acudían a agradecerle que les hubiera dejado llegar con bien a la ciudad. Cumplido el pío deber y oída la misa, diéronse a discurrir por las calles y plazas, y admirar iglesias y palacios, maravillas todas que tenían suspenso su ánimo, a pesar de venir de la opulenta España. Y aconteció que, como se hallasen a media mañana en el atrio de la catedral, vieron detenerse la gente, y pasar ante ellos y perderse a la revuelta de una esquina, una corta pero admirable comitiva. Componíanla dos graves caballeros ataviados con sumo lujo, y entre los dos una doncella, portento casi más por su talle y por su rostro que por sus galas suntuosas, cabalgando todos en soberbios corceles precedidos de palafreneros y seguidos de lacayos. Riquísimas y blasonadas gualdrapas llevaban los bridones, y los guanteletes y el azor en la mano de la joven y el arreo de todos mostraban a las claras el aparato de cetrería. Como las gentes se descubriesen al paso de aquellos señores, don Miguel y don Diego se informaron de quiénes eran.—Son—les contestaron—el señor senescal Hércules Aldobrandino, su hermano Leonardo y su sobrina Renata. ¡Qué bien se echa de ver que sois forasteros al no conocer a tan visibles personas!
Hizo don Miguel un gesto, no advertido para don Diego, y comentando ambos la majestad de los ancianos y la elegancia de la joven, prosiguieron su paseo, hasta que fué hora de retornar a la posada. Y a petición de don Diego separáronse después del meridiano yantar para el reposo de la siesta.
Buena siesta diere Dios a don Diego, que así que se vió en su aposento a solas con su escudero, hubo de arrojarse en sus brazos y comenzar a llorar como una Magdalena después del arrepentimiento.—Malhaya mil veces, Marcos amigo—le decía—, malhaya mil veces la hora en que nos partimos de nuestra casa si había de ser para tal fin de viaje, que me pienso que no llegaré a Mantua y quedaré con la maldición de mis padres y sin el asilo de mi tía la priora.
—Sosegáos, señora mía—respondió el escudero—que aína os turbáis y me dais ganas de llorar a mí también. Mirad, doña Mencía, mi ama, que si ven vuestros ojos encendidos del llanto dudarán de vuestro varonil disfraz. Hicísteis mal en prometer a don Miguel que os detendríais aquí, pues lo que importa es que lleguéis cuanto antes a Mantua, donde os espera la paz del monasterio.
—¡Ay! ¿Por qué nací mujer? Unos padres crueles quisieron depararme como esposo a un hombre viejo, feo y corcovado, con achaque de decir que todo cuanto llevaba en la joroba eran doblones. Pensé en mi tía doña Clara y en su convento de Italia, y para dejar tierra de por medio entre el novio y yo salimos de Toledo, sin reparar en lo largo del viaje. Más me valiera haberme quedado de religiosa en el colegio de San Clemente de nuestra ciudad, que no hacer peligrar aquí mi vocación forzosa y la salvación de mi alma.