—Fuerza es que lleguemos a Mantua, mi señora. Pero decidme, ¿qué mal pájaro os ha picado que os ha causado tal maleficio?
—Alas tiene y no es ave. Ciego es y todo lo penetra. Niño es y sabe más que cien doctores.
—Acabáramos, doña Mencía de mi alma, que ya me asombraba a mí que el tal picaruelo no se nos hubiera puesto delante en el camino.
—Ganas me dan de sacar de la maletilla el traje femenino que traigo para entrar en Mantua, descubrirle a don Miguel la verdad de nuestra historia y decirle que le amo de todas veras desde que le vi. ¿No has parado mientes en lo apuesto de su porte, en la nobleza de sus modos, en la galanura de su decir y en la discreción de su pensar? Heme aficionado a él de tal manera y cobrádole un tan grandísimo afecto, que sangre del corazón llorarían mis ojos si me arrancasen de su compañía.
Juntos pasaron el siguiente día ambos muy divertidos con sus pláticas. Era el don Miguel muy letrado y placíase en decir versos que sabía, y sólo ignoraba que sus coloquios con don Diego aumentaban una llama cruel. Así aconteció que hallándose juntos tuvo el don Miguel la donosa ocurrencia de recitar a su amigo el siguiente soneto que él compuso cierta vez a una dama que mostraba un lunar en uno de sus pechos:
SONETO
Sabio lunar que colocarse supo
tan sabiamente en el redondo seno.
De orgullo le supongo y gozo lleno
por la preciosa suerte que le cupo.
Es flor de tal jardín, él es el astro,
astrolabio, astro mago, guía y norte
de esa esfera de amor. ¡Oh rey sin corte!
Planeta de ese cielo de alabastro.
Atrae por quemar. Fuego de Neso.
Imán de la mirada. Imán del beso.
Para encender los labios con su llama,
y que la apague al recibirlos luego,
lago que apaga de la antorcha el fuego,
los verdes ojos de la rubia dama.