No apercibióse Guzmán de la turbación que disimulaba en cuanto podía don Diego, según avanzaba él en el declamado de los versos, que a bien que él pensaba decirlos a un caballero mancebo para diversión, y no que caían en los castísimos oídos de una noble doncella. Así al terminarlos y recibidos plácemes por su arte de bien decir, fué requerido el de Zúñiga para recitar a su vez. Era éste grave aprieto para la dama; pero cediendo a la fatalidad de la ocasión, hubo de decir con voz algo turbada, pero suave y cristalina, esta canción que recordaba:

CANCION
Amor de yo no sé dónde.
Pasión de yo no sé cuándo.
¡Qué necio es lo que se esconde,
si el alma lo está buscando!
No el severo pensamiento
me distraiga de mis cosas.
¿Acaso medita el viento,
y acaso piensan las rosas?
Viva la bella locura
que habla al sol en la pradera,
y corre por la llanura
cabalgando en la quimera.
El sol que en la tarde muere
vuelve a nacer otro día.
Quien de nosotros muriere
a nacer no volvería;
día en que no hemos amado,
día es que habremos perdido.
¡Oh, amores que ya han pasado,
y amores que aun no han venido!
Llegue a leer tu mirada
mi dulce libro secreto.
Sin ti la vida no es nada.
¿Qué sería el Paracleto
sin Heloísa? ¿Qué fuera
Valchiuso sin el Petrarca?
¿Por qué la encantada barca
en vano en el lago espera?
¿Para quiénes la ribera
tiene su sombra y su flor?
Jardines de primavera,
¿qué seréis sin el amor?

Hubo de comprimir un suspiro el ficticio don Diego al terminar la relación, y apenas supo dar las gracias por las albricias que le daba el de Guzmán, encantado por el modo con que había sido dicha la canción. Entretuviéronse departiendo sobre otros puntos puestos de codos sobre la abierta ventana, mientras abajo proseguía el eterno coro de todos tiempos y países. Los criados hablando mal de sus amos y del gobierno de la república, y las mujeres mordiendo en las honras de las vecinas y las vidas de las amigas ausentes. Que no hay Trajano que no sea Calígula para la gente lacayuna, ni dama que no sea liviana para las mujeres que por los años no pueden ya valerse de sus donaires, y por su desabrimiento no llegaron a doctorarse de alcahuetas en las academias del amor.

Al caer de la tarde, don Miguel fué a buscar al que para él seguía siendo don Diego, y requirióle para dar un paseo por las afueras de la ciudad, que con aquel otoño tan dulce eran de una amenidad extraordinaria. Hizo don Diego esfuerzos para serenarse, y cuando departían bajo de una frondosa olmeda, don Miguel, asustando a su interlocutor con tal comienzo de discurso, hubo de decirle así. Lo que le dijo verán los curiosos ojos que pasaren a la segunda parte de tan certísima historia.

SEGUNDA PARTE

SÍGUESE REFIRIENDO EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIÉN FUÉ LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.

—Quiero, amigo don Diego—empezó diciendo el de Guzmán—, ya que sois el único que por ahora tengo en esta ciudad, daros cuenta del propósito de mi viaje y razón de mi llegada a estas tierras. Habéis de saber que he venido a celebrar mis bodas, a las cuales os podéis tener por natural convidado; pero os ha de asombrar el saber que no he hablado nunca con mi esposa, que así puedo llamarla, y que quiero probar la condición de su carácter, aunque ya conozco la de su continente.

—¿Ya la habéis visto?—preguntó casi temblando don Diego.

—Cierto que sí, y vos también. ¿No recordáis aquella joven del azor que vimos pasar por delante de la catedral? Pues esa es, la hija de Leonardo Aldobrandino, primate de este ducado.

Creyó don Diego que su amigo se chanceaba y acabaría por darle vaya y declarar que eran sus palabras burla de pasatiempo; pero tal insistió, refiriéndole la historia que ya conocemos, que don Diego felicitóle, el rostro demudado y casi balbuciente el habla.