—Murió mi padre hace tres años—concluyó don Miguel—y he venido yo solo a cumplir el pacto, si en ello no va nada, como espero, contra el lustre de mi raza y la honra de mi persona. Para mis planes necesito de vos, caballero don Diego, pues desde luego he descubierto en vos una gran nobleza, y serviréisme, procurando ser visto de la hija de Leonardo, después que yo haya llegado a ella, aunque sin descubrir quién soy. Si ella sabe rechazar toda pretensión que no sea la de ver a su esposo de Indias, a quien debe esperar fielmente, será mi esposa. Pero si no sale triunfante de la prueba y tiene a los galanteos la inclinación que otras muchas jóvenes italianas, no será ella quien venga conmigo a mi palacio de Sevilla.

De tal modo insistió don Miguel, que logró que don Diego aceptara la misión, y algunos ricos trajes y preseas para el atavío de su cuerpo, que eran muy de menester para el intento. Y aquella misma noche unos músicos colocados bajo las ventanas de Renata, cantaron con meliflua voz el siguiente:

SONETO

Amor es, Filis, brisa perfumada.
Ola de un mar de encanto. Golondrina.
Es algo que va y viene. Peregrina
canción que en la espesura canta un hada.
Ha tenido el jardín fulgores raros
como luz de un espíritu que pasa,
y ese fuego he sentido que me abrasa
al resplandor de vuestros ojos claros.
La luz y vuestra sombra se perdieron.
Amargura y dolor permanecieron.
Al bosque y a las almas vuelve el frío.
La fuente gime con gemir sonoro.
Llorando está el jardín sus hojas de oro
porque han muerto las flores y el estío.

Era por la mitad del cántico cuando entreabrióse una de las ventanas y asomó su rostro cenceño la dueña Lisarda, que había sido tercera de los amores de Leonardo con la madre de Renata, y vivía desde tiempo inmemorial en la casa. Retiróse en seguida; y al punto muy discretamente, como niño que teme cometer impertinencia, miraron a la calle los propios y celebrados ojos de Renata, a quien placía tener por vez primera música delante de su casa. Pero como Leonardo, que había salido al palacio del obispo, donde se celebraba un festín, no había de tardar en volver, Lisarda bajó a decir a los músicos para quien les enviaba, que su ama se holgaba con su tañido y les agradecía con notable contento la merced; pero que si el señor volvía y apercibía serenata, habían de verse en grave aprieto por ser justicia de la ciudad y muy celoso de la guardia de su hija. Con esto y haber juzgado que para ser la primera noche habían hecho bastante, retiráronse caballeros y músicos.

Júzguese el dolor del fingido D. Diego al representar tal papel. Fué tan grande como la alegría de Renata, al verse regalada y con cortejo. Al otro día, y por encargo del de Zúñiga, buscó Marcos la traza para hablar con Lisarda, y su coloquio fué tan sabroso como breve:—Garrido es el soldado—dijo la vieja al escucharle—, y a fe que si fuera más mozo pudiera ser el roto de mi descosido. Pero sepa que mi boca es de oro, y sólo se abre con llave de ese mismo metal, que no quiero comprometerme de balde con mi señora. Válame Dios.

—Miren el orejoncillo con faldas—contestóla Marcos—que en mi tierra la hubieran paseado por el Zoco, caballera en un pollino, emplumada y con coroza, y conocería todas las pencas de la comarca. Y concluyó con una sarta de pesiatales y de porvidas, con más votos que el altar de San Blas. Fuése el escudero, y apenas hubo subido Lisarda a la casa, fué llamada por Renata.

—¿Sabes—preguntóla ésta—quién puede ser uno de los galanes de la música de anoche?

—Yo tengo, hija mía—repuso la dueña—tan poca vista para la malicia, que no acierto en esas cosas.